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Sobreponiéndose a Alice, una reseña del Amnesty (I), de Crystal Castles

Corría el año de 2006 y todo mundo tenía las narices dentro del puto My Space. Incluso yo, una especie de Hikikomori universitario enamorado de Cioran. Fumaba mucha hierba, leía mucha filosofía, tenía muchos amigos en My Space y claro, ninguna novia.

Mi mundo personal era la hierba, el punk, el My Space y la misantropía de Cioran. Así que no tenía tiempo ni ganas de conseguirme una novia. Una pareja con quien pudiera bailar al pogo, leer el Ese maldito yo (1986) y compartir de mi Bong. Pero sí tenía a alguien con quien conllevar las chaquetas, al menos en mente. “La metafísica no es más que un esfuerzo inusual obstinado para pensar claramente y tocarse los genitales muy duro.” Ya lo dijo William James, el autor de Investigación psíquica (2005).

La tenía a ella, tenía al Punk y mucha pornografía bajada de LimeWare. Fotos de Suicide Girls que no lograban prenderme. Su piel como de libreta cuadriculada rayada por un niño de ocho años no me convencía del todo. No me parecían genuinas. Necesitaba su malicia, su belleza exótica. Como salida de un contenedor de basura en la provincia de Ontario, o de una morgue en Canadá. Pero la verdad era que había emergido de una comunidad punk de okupas. Nada raro.

Pues bien, era yo sin novia en el 2006. Sin morra y con muchas lecturas sobre el odio abyecto. Así que un día subí una fotografía de ella en la red social de Justin Timberlake. En el pie de foto ponía que era mi chica, y como México es un país de chaquetas y mentiras, todo mundo me creyó. Envidiaban mi noviazgo con Alice Glass.

Alice tiene eso que deberían tener todas las mujeres en el mundo: valentía, sensualidad, rebeldía, estilo y mucha saliva en la boca para escupir las caras agrestes de los hombres felices. Tenía todas esas letras sacadas como de la lengua de Cioran e incluso tenía un pequeño perro Pug atorado en la garganta, con la que cantaba temas llenos de encono y feromona. Pero Alice, mi compañera de chaquetas, la punketa salida de las apestosas casas okupas de Ontario, mi novia de invenciones en My Space, tuvo que dejar eso que solo pocos conocíamos, y que se llamaba Crystal Castles.

Yo escuchaba sin parar ese primer sencillo Alice Practice: “Better than drowning in a burlap sack
I live. As Alice. I die.
Children shouldn’t play with dead things
Foaming crows
Tear at their wings
Sad eyes cry crimson blood” ¡Wow! ¿En verdad había alguien escribiendo y cantando eso en la almidonada década del dos mil? ¡Sí! Y se llamaba Alice Glass al lado del podrido Ethan Khat, y se decían los Crystal Castles por el puto spot comercial del castillo de She-Ra: “El castillo de cristal es la fuente de todo poder”.

En el 2008 lanzan su primer álbum homónimo Crystal Castles de donde surge esa joya brutal que era Crimewave, un tema que hablaba de la soledad y de la angustia de vivir como en un laberinto de Pac-Man hasta la eternidad. Vendrían también Courtship Dating sobre la taxidermia y la idea de preservar la belleza de un amante al igual que con los animales. Se revelaría Kinghts —mi favorita del disco—: “It’s spitting
Angels die”.

Pero Alice resolvió dejarme, dejarnos a mí, a My Space y a Ethan Kath. Forjaron el (II) y el (III), posteriormente el castillo de cristal se derrumbó, la fuente de poder se quebró y no había nadie en ese tiempo que pudiera repararla. Dentro de esa fortificación estaba todo el beat, todo el Punk y todo el encono que yo necesitaba para soportar la realidad de la década del dos mil, y se había desmoronado en pequeñas esquirlas de cristal. Me habían dejado desamparado. Alice había escrito lo siguiente en su cuenta: “Mi arte y mi auto-expresión en cualquier forma siempre ha sido un intento hacia la sinceridad, la honestidad y la empatía para los demás. Por una multitud de razones tanto profesionales como personales ya no siento que esto sea posible dentro de Crystal Castles”. Estaba todo, todo perdido.

Cuatro años después anunciaron el Amnesty (I), yo ya era un “adulto”, de Alice Glass sabía poco y de Crystal Castles absolutamente nada, nada. Estaba al tanto de que había ingresado una nueva chica, una rubia, “Edith Frances”, y lo intenté, pero ni siquiera se me paró.

Siempre nos quedará Cioran, pensaba, Cioran y Ethan Kath acompañado ahora de una rubia mustia que canta como si tuviera a una Taylor Swift atorada en la garganta.

Esta bien, con Amnesty (I) hemos perdido el Punk, pero hemos ganado experimentación. Escucho Femen, ¿por dios, pero qué es eso? Prendo un porro, luego otro seguido por uno más. Estoy ahí, estoy dentro, maldito Ethan, me has atrapado de nuevo. Vuelvo a ser joven, estoy en mi cuarto de estudiante en México, Cioran me habla al oído: “Si no poseo el gusto del misterio es porque todo me parece inexplicable, o mejor dicho, porque lo inexplicable es mi único sustento y estoy harto de él”. Así se escucha Femen, el primer track de Amnesty (I).

Es un disco que me sabe a Guattari, tiene toda esa Caosmosis que define el autor de Chaosmose (1992). Amnesty (I) es un disco que puede funcionar como una máquina de producción de signos que escriben directamente lo real y escriben directamente desde el beat sin pasar por una significación o una representación musical de él.

Por Amnesty (I) circulan el miedo, la angustia y el pánico, los cuales constituyen la atmósfera y tonalidad que bañan nuestros oídos, de los cuales se  desencadenan máquinas de signos que se dirigen a la conciencia, al sistema nervioso, a los afectos, a las emociones.

Las semióticas simbólicas de Amnesty (I) en lugar de estar centradas en la lengua de Edith Frances, son activadas como tales por la producción industrial maquínica y no humana de imágenes, sonidos, palabras, intensidades, movimientos y ritmos.

Con Amnesty (I), Crystal Castles lo vuelven a hacer. Han levantado el Castillo. Lo han renovado y han metido en él toda la filosofía, todo el caosmos y han llenado el vacío de la sensualidad de Alice con ecuanimidad. Me han sobrepuesto a la pérdida, la pérdida de mi chica del 2004, la eterna punk de las casas okupas de Ontario. Me han redimido.

Bienvenidos de nuevo, al Castillo de Cristal.

AMNESTRY (I) | CRYSTAL CASTLES

About Mixar López

Narrador, cronista y periodista musical. Colaborador de las revistas Operación Marte, El Fanzine, Fanatika, Melo Magazine, Radar Magazine, I Noticia, Letras Explícitas y Quarter Rock Press. Desde hace tres años vive en Des Moines, Iowa, Estados Unidos. Sus intereses varían desde la música, las series de Tv, la literatura y el periodismo Verité o periodismo Gonzo. Su filosofía de escritura creativa es ir a la yugular de la experiencia y estar atento a pensamientos capaces de penetrar la realidad. Vive afanado en hallar verdades y tan pronto como considera que ha dado con alguna, siente el vivo deseo de comunicarla a otros: entonces surgirá la escritura. En la actualidad, prepara su primer libro de crónicas, 'Prosopopeya: La voz del encierro'.

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