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RIFFS LATINOS / ‘San Pedro el Cortez’, los sueños que se disuelven y la aridez de Tijuana

Más allá del romanticismo que nos impregna la palabra Underground, la esencia del mismo concepto proviene de aquellos ambientes y generaciones enteras de bandas y músicos que (antaño), emergían realmente de un subsuelo musical, ignorado y desconocido por la gran mayoría, para unir fuerzas de distintos calibres y conseguir una propia Escena Independiente donde todos estos artistas pudieran expresarse, ganar a sus propios seguidores y aspirar a un crecimiento más utópico… Mejor forma de explicarlo sería decir que, en aquellos gloriosos años, para conocer a la banda underground tenías que realmente introducirte en esa atmósfera emergente e ir a escucharlos a todo tipo de escenarios, foros y presentaciones que quedaban completamente fuera del Radar común y a los que pocos tenían acceso.

Hoy, en la actualidad (platicaba al respecto con Mixar luego de un texto que me mandó hablando sobre la producción tanto independiente como masiva de álbumes en América Latina), la cosa es absolutamente diferente. No sólo ese espectro del Underground está completa y sistemáticamente destruido (en gran medida por las facilidades tecnológicas que existen hoy para dar a conocer las propuestas y los proyectos musicales), sino también se abren, dice Mixar, “tres abismos donde se hunde la música latina y se diluye como caipirinha en una alcantarilla; rock generado en la franja más candente del continente americano, la eufonía del desprecio y el calor porteño”.

El primer vacío, asegura Mixar, “son las disqueras tranzacionales (transnacionales), aquellas rampantes y carroñeras empresas que le comerán el cerebro a los artistas con tal de detonar su imagen y su música, para convertirla en dólares (dolores) y dejarlos vacíos, al acecho de semejantes fans zombies que les chuparán hasta el aliento. Estas empresas suelen explotarlos, despedirlos y reemplazarlos como un objeto de úsese y tírese, basura inmediata”. (Véase el caso de Mon Laferte, Odisseo, Molotov, León Larregui, Kinki, Juan Son, Enjambre, Caloncho, Café Tacuba, Bengala y Juan Cirerol).

En segundo lugar entrarían aquellas “disqueras independientes”; que no distan de representar algo muy semejante a las mencionadas tranzacionales y dirigidas en su mayoría por personas que no tienen referentes musicales, talento alguno o la capacidad de calzarse la casaca espartana y velar por todos esos proyectos que en realidad sí valen la pena pero que generalmente nadie les apuesta ni un centavo.

Aquellos que “no poseen cultismos pero de igual manera desean ser famosos, mucho más famosos aún que los artistas que han firmado (pasa de igual forma con los editores literarios en México). Tienen el Síndrome del Niño Pobre y por ende, te dejarán con los bolsillos más que vacíos. Si eres músico y estás pensando en firmar con una disquera “independiente”, piénsalo más de veinte veces, porque ellos te firmarán al instante diciéndote que eres la alta criba de la música Indie (tal cosa no existe, al menos NO como marca o género), te conseguirán mil doscientas fechas (explotándote), maquetarán un vinilo tuyo (carísimo incluso aún para tus fans fresas) y después quebrarán contigo dentro (gracias a la avaricia de tu manager) y quedarás debiéndoles siempre.”

Por último, la vacante definitiva, la realidad absoluta, esas reminiscencias al Underground puro y que podría resumirse como el ambiente de las bandas reales, de carne hueso, sin vaselina, maquillaje o brillantina; que día con día sobreviven a quemarropa y combaten con sus propias armas y bajo los termines que ellos dicten.

En otras palabras: “Lo que escuchas es lo que ves y viceversa, un ambiente de profunda sinceridad y furia ciega. Aquí encontrarás a bandas que crean sus propias fechas y fachas, que no siguen la imagen de las televisoras ni de nadie más porque se han creado una propia, y esa imagen de seguro te va a asustar. Han creado un concepto propio y un sonido particular. Bandas que maquetan solas sus récords y producciones discográficas, con sangre, mocos, semen, vómito y sudor. Es la música de la calle, la verdad despótica, el concierto mundano, la ilegalidad y el vandalismo.”

Bandas, propuestas, conceptos cinéticos que tienen infinidad de cosas que gritar, y que muchas veces se encuentran sin espacios ni oídos que los conozcan y refuercen su concepto musical. Agrupaciones seminadas a lo largo y ancho de América Latina, de las cuales queremos hablar un poco, compartirles nuestro pensamiento al respecto y recomendarles a través de esta saga de artículos englobada bajo la leyenda ‘Riffs Latinos’, donde semana a semana iremos rescatando el romanticismo de todo lo que puede evocarnos el Underground.

Comencemos, ¿por qué no?, con una grandiosa banda del norte de la República Mexicana.

San Pedro el Cortez: los sueños que se disuelven y la aridez desde Tijuana

Comienza con un ritmo intrépido, veloz, aterido de dinamismo. Los platillos de la batería con ciertas reminiscencias a un surf urbano, elegante, estoico si queremos ponerlo en términos combativos. Inmediatamente, también, el Garage. El bajo suave, acompañando con cadencia y soltura las percusiones. La guitarras que comienzan lentas para ir creciendo en violencia y armonía, requintos aullantes que aparecen y desaparecen con una lentitud llena de maestría, arrebatos de distorsión y psicodelia que se fusionan perfectamente con la presencia de esos enigmáticos sintetizadores. La voz: a veces como un eco que palpita detrás de los sonidos, a veces llena de misterio y tonalidades aguardentosas. Y a veces, también, como una plegaria lenta que resalta influencias tanto del Post-Rock como, incluso, del Post-Punk.

Es la primera vez que los escucho. (Sí, no sé cómo se me habían pasado). Pero ahí están. Ahí respiran entre la aridez angustiante y la intensidad llena de folklore que es Tijuana; ahí, con el sol delirante como fundamento de inspiración cotidiana, entre atmósferas que se ahogan fácilmente en la locura y muchachas hermosas que siguen resistiendo a pesar de todo lo que las rodea; ahí, ciudad estrambótica y llano de los desolados, se fusiona todo el talento de San Pedro el Cortez y las virtudes de Aris Chagoya (guitarra), Diego Córdoba (guitarra & voz), Edgard Collins (bajo & voz), y Mario Alarcón (batería); para hacer nacer estos sonidos bien ensamblados, ricos en matices y con una madurez ya desarrollada y una intensidad que no teme dejar todo el sudor y la sangre esparcidos en la arcilla.

Sí… ¡Carajo! Subo aún más el volumen y por unos segundos me dan ganas de transformarme en Neal Cassady, robar un bólido descapotable y salir a la carretera más cercana con una chica hedonista sentada en el asiento del copiloto; quizá fanática de Johnny Cash o Jim Morrison, entre nice y callejera, si se puede pálida y de ojos expresivos… Quemando hierba, hachís, inhalando perico, comiendo anfetaminas o delirando en ajos, no importa; platicando de todo y de nada, riendo, argumentando, intercambiando experiencias e historias, debatiendo sobre arte, sociedad y música, solucionando al mundo con teorías delirantes o reinventando a este país de mierda en el que vivimos con el simple poder de nuestra Palabra… Todo mientras suena esta maravillosa canción llamada ‘Fukushima’ y el viento nos revienta en la piel: acariciándonos, rozándonos con una extraña ternura y repitiendo, cual dice la letra, una y otra vez: ‘Estuve pensando que nada vale la pena. Espuma del mar, espuma de una ballena… Ahí es donde ahogué todas mis penas.”

‘Fukushima’ | San Pedro el Cortez

 

Luego el vértigo. Otra vez el Garage, pero ahora despilfarrándose. Inicia ‘Delincuente Común’ y de un segundo a otro la banda entra en un estado de trance complemente diferente: anárquico, acelerado, rock intuitivo (recalcitrante) y trombosis de percusiones que sólo instan a querer mover el esqueleto. Disminuye considerablemente esa aura a complejidad y experimentación cadente que nos brinda ‘Fukushima’, pero la voz es un testimonio de personalidad que explota con una energía incluso adolescente y nos lleva a recordar rápidamente toda esa escena (de nuevo) del garage y sus elementos más naturales.  Lo mismo sucede con ‘Dron’ o ‘El Mesías’,  por ejemplo, que no detienen en ningún instante esa amor por la velocidad del ritmo y la cadencia de la interpretación. Esa violencia pura y nata, podríamos decir.

Con ‘Sombras’, la situación es diferente: sin contemplaciones la banda entra en un concepto aterido de blues rock, por algunos instantes con recuerdos muy al estilo (se los juro) de aquellos enigmáticos sonidos de bandas como Canned Heat o Ten Years After, que podían entregar canciones de 7, 8 o 9 minutos sin perder el templo ni el estoicismo detrás y, más aún, impregnandole esos ecos a distorción que unían magistralmente los puentes transitorios de sus composiciones. (Elementos que, por cierto, en presentaciones en vivo se potencializan de forma singular). La letra, además, es una genialidad y nos vomita imágenes tan poderosas como oníricas.  “Vengo de un libro que no tiene final… Los Sueños se disuelven en muchos cristales y los ojos se derriten en los altares.”

Además de las canciones mencionadas, este álbum titulado ‘Un poco Más de Luz’ (febrero 2016) cuenta con tracks de gran calibre como ‘Chilam Balam’ (track que cierra el disco), ‘Aleluya’ y ‘El Ochito’; todo retumbando bajo ese espectro de sensualidad espontánea, experimentación sonora, psicodelía y enormes reminiscencias a toda la escuela y la estructura de la música Garage.

Previamente, tres años atrás, la banda lanzó dos producciones más comenzando con ‘Creaturas’ en Agosto de 2013 y ‘El Vals Mefisto’ en Enero de ese mismo año. Ambos discos ya denotan el inagotable talento de estos 4 jóvenes musicos que, sin lugar a dudas, tienen todo un horizonte por seguir esculpiendo y un futuro que los sigue alimentado de rabia y ganas de crear sonidos.

Porque eso es lo que nos grita San Pedro el Cortez desde su combativa trinchera: libertad, fuego, adrenalina, salir a la carretera y dejar un pulso de sentimiento auténtico en el trayecto.

No hay escondite aquí. Sólo fugas, venas abiertas, un corazón a quemarropa y, como siempre, sueños y más sueños que se disuelven.

‘Sombras’ | San Pedro el Cortez

About Adrián Ortega

Escritor y Periodista. Diseñador, melópata, bohemio irrecuperable y apasionado desenfrenado del Post-Rock, la viticultura y el cine de Park Chan-wook. Fanático a muerte de los Ravens de Baltimore e hincha del Atlas de Guadalajara y del Chelsea Football Club. Co-Fundador y Director General del medio de difusión artística ‘Operación Marte’, co-editor del sello editorial ‘Korova Records’ (en construcción) y locutor en el canal de podcasts ‘La Tribu’. Su primer libro: "Érase una vez en Santa María", fue publicado por 'La Ratona Cartonera' en Mayo de 2015. Actualmente trabaja en su primera novela y en una serie de artículos, crónicas y ensayos de música y Rock que piensa titular "Medio Segundo de Snuff & Spaguetti".

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