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Ponte una de José José

José José es un párroco en las cantinas a las que acudo. Hace un par de días, después de un taller de narrativa que curso los sábados, me quedé de ver con una amiga quien aceptó la invitación para charlar y acompañarme. Debido al calor, sentados en el río de avenida Universidad (Querétaro), decidimos emprender camino rumbo al bar más cercano, el cual se encontraba a diez minutos aproximadamente de donde habíamos decidido sentarnos. Bar El Luchador se llama el recinto, un espacio pequeño y acogedor atascado de ornamenta, como temiendo al vacío, resaltando, como su nombre lo indica, fotografías e imágenes de luchadores de la escena mexicana entre El Santo, Blue Demon y el Huracán Ramírez.

Después de algunos tragos, entonado coloqué en la rockola una serie de cuatro canciones de El Príncipe, que inició con “40 y 20” y concluyó con “Preso”, esta última himno personal que suelo colocar en mis momentos de alcohol y tristeza inducidos. No tengo un apego emocional ajena a la canción, ni amoríos fracasados o cierta melancolía familiar; ésta me gusta por sí sola y me entristece de la nada, una tristeza disfrutable para mi fortuna, que dura lo que la canción. Al iniciar el estribillo de la primera tonada, la gente alrededor se acomodó plácidamente y comenzaron a cantar a la par que la letra, presas de la entonación y sus placeres.

A inicio de año, José José padeció una enfermedad respiratoria, en una serie de altibajos durante los últimos diez años entre cáncer de páncreas y neumonía, y en diversos medios la noticia fue circulando hasta al grado de considerarlo muerto, motivo por el que el cantante se molestó. No en todos, claro, sino en ese periodismo amarillista que busca lectores y likes. Debo decir que su situación me contrajo: pensé en una muerte pronta y que este 2018 sería el año en el que otra ronda de autores, políticos y músicos fallecería, como en el 2017, iniciando con él. Esperaba el momento para acudir a cualquier cantina y beber por la vida de este autor de borrachos acaecidos. La muerte de Joan Sebastian en 2015 me tomó por sorpresa en la pulquería El Gallo Colorado, recibiendo la noticia vía celular, situación que detonó en colocar canciones que nos gustaba al grupo de amigos que estábamos en aquella ocasión. Con José José no sería diferente, aunque por él derramaría un charco de mi cerveza al suelo y el llanto, a manera de ofrenda.

‘Preso’

Es inevitable pensar en mi padre al escucharlo. Fue por él y mi hermana mayor por quienes aprendí acerca de José José, y con el tiempo, quizá la edad, me fue atrayendo a la vez que me volvía más borracho. Dudo sobre las casualidades. Sin embargo, reitero, no me atrae a la nostalgia familiar. Ya he contado, en una crónica realizada a inicios de año, que con mi amiga Susana acudí a Barrio Alegre, una cantina tradicional situada en el primer cuadro de la ciudad de Querétaro, que aún mantiene una atmósfera jodida y cuyos viejos jubilados se asoman manteniendo la charla hasta embriagarse y salir tambaleándose en la madrugada. Ese día conocimos a don Gabriel, un viejo amargado que me miró con odio al levantarme a colocar canciones en la rockola. Pensó, nos dijo, que pondría alguna canción de metal o cualquier repugnancia de jóvenes y alteraría el ambiente de esos ancianos decrépitos y calvos. Para su sorpresa iniciamos con José José, motivo por el que, levantándose al baño, se acercó a nosotros y nos dio las gracias, refiriendo lo anteriormente dicho.

Cantinear sin José José es inconcebible. Una afrenta a la bohemia. Refugiarse en un rincón, que es la cantina, e impregnarse de su ambiente es ya el inicio de que esa borrachera sentado en la barra, solitario junto al cantinero, necesita para completarse una melodía y acompasar el propio drama. Una mesera regordeta en minifalda acercándose acariciando con los dedos la espalda de cualquiera, un borracho dormido en la mesa refugiando la cabeza en sus brazos y un viejo taciturno sentado en la esquina con la mirada cansada, no merecen menos.

José José es uno de los grandes cantantes de la escena y su participación en el Segundo Festival de la Canción Latina (que más tarde se llamaría Festival OTI) de 1970, en representación de México, mereció los aplausos de pie y claveles de un público asombrado, que aún resuena en los vestigios de la televisión trasladándose a cantinas e internet. Paradójicamente no ganó, quedando en tercer lugar del evento, lo que demuestra que la derrota no significa nada. Ya lo dijo El Príncipe: “No pido compasión ni piedad, la historia de este amor se escribió para la eternidad”.

‘El Triste’ (Segundo Festival de la Canción Latina , 1970)

About David Alvárez

(Querétaro, 1990) Estudió licenciatura en Sociología de la Universidad Autónoma de Querétaro. Actualmente es director de la revista Saltapatrás. Ha publicado 'Vulgatría' (Herring Publishers México, 2017) y participó en la antología de escritores queretanos nacidos en los noventa 'Mis primeros dientes' (Mamá Dolores Cartonera, 2015), 'Página 1. Antología de poetas y narradores de Querétaro' (Revarena Ediciones, 2017) y 'Por qué escribo' (Gris Tormenta, 2017), así como en distintos medios locales y nacionales.

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