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La Palabra Que Persiste: una Reseña de ‘La Luz Que Sobrevive’, de Abel Romero

por Beatriz Esquivel Franco

De Abel Rubén Romero Morales, mexiquense, estudioso de Leyes y Letras, presenta este poemario que consta de 22 poemas, más dos composiciones breves –que recuerdan al haikú a pesar de no contar con la disposición métrica que lo caracteriza– a manera de colofón que logran englobar y sintetizar en su brevedad el sentimiento del yo poético, del poeta y también del lector que se apropia de las experiencias de los primeros dos. Se trata pues, de una inmersión al sentir del poeta. Basta con observar el resto de la producción literaria de Romero, para darse cuenta que la calle y la cotidianidad son tópicos recurrentes. No obstante, las anécdotas rodeadas de alcohol y el ambiente urbano, dan paso, en La luz que sobrevive, a la del amor.

El título del poemario adelanta el eje conductor, la imagen de la luz nos conduce a aquellas relacionadas con el fuego –que cuenta con una larga tradición poética asociada a la pasión amorosa–, los ojos y la mirada, donde la segunda no siempre se da a través de los primeros; al contrario, en más de la mitad de los poemas, la mirada del yo poético –el amante– se da a través de sus otros sentidos, en especial el tacto. Esa forma de ver indudablemente se encuentra cargada de erotismo, mismo que opera como expresión y comprobación principal del amor. Sin duda, un síntoma de la modernidad, después de todo habría que pensar que este poemario está inscrito en la época del Tinder y múltiples aplicaciones de citas cuyo fin último no siempre es el amor, sino el sexo.

La modernidad y la vanguardia, propiamente, también están presentes tanto en “A m a r pasajero, a m a r fugitivo” y “Bálsamo”, en ambos se usan recursos de resilabificación que operan para dar múltiples sentidos y presentan un tópico principal del poemario: el recuerdo, la memoria; en el caso específico de “Bálsamo” –poema de donde proviene el verso que intitula el poemario– establece a la luz, también entendida como poesía o escritura, como método de preservación del recuerdo y por lo tanto de la vivencia amorosa:

Te b(v)e(r)saré carne de alma
para que cuando te desdibuje el tiempo
y resten sólo hilachos de memoria
la palabra de mi boca testaruda
te preserve en esta luz que sobrevive.

En general, el poemario relata la remembranza del amor de un hombre, experiencia durante la cual cae en cuenta de la mentira y la falsedad en la relación de pareja, se trata de la ruptura de la ilusión amatoria. No es de extrañar entonces, que a lo largo del poemario se pongan al mismo nivel y significado el amor y la muerte; el amor es morir, pero morir a su vez otorga vida:

No ansiamos amor,
ansiamos la muerte;
[…] la muerte que al fin,
[…] nos llena de vida.

Este oxímoron es la representación de la lucha interna del yo poético, ese que mira al pasado, inundándose de nuevo en el delirio amoroso, en concreto el del amor realizado, pero que al tiempo es interrumpido por su propia conciencia, esa que no le permite hacer el recorrido por sus recuerdos bajo el encanto o la ilusión. Es la conciencia que le hace ver, como dice el dicho, que no todo fue (ni es) miel sobre hojuelas. Esta oposición también se puede ver en los poemas “Tragaluz” y “Coralillo”, en el primero el amante se encuentra dedicado a la amada: “El susurro de tu sonrisa sorda me adormece / y fluorescemos desnudos bajo el calor / de la manta que nos engendra.”. Mientras que en el segundo, de una extensión mucho más breve, se presenta la voz de la conciencia que sabe que el amor se agotará, advierte:

Aunque prometa gloria entre su ruego,
y repita setenta veces siete que te ama,
es de reptil la boca si te besa
ondeando su figura sobre el fango.

Es a partir de la antítesis de estos dos poemas donde se esclarece que La luz que sobrevive habla del amor que se descubre mentiroso y también del rencor del amante traicionado –una vez descubre la mentira–, en cuyo ser no queda mucho: tan sólo una luz después del fuego, el recuerdo, mas uno consciente y honesto. En palabras del propio autor:

Amarte fue
como hacerse una casa
con muros de intemperie.

Después de todo
el amor que nos finge
eternos, muere.

Por otro lado, el poemario rebosa de una intencionalidad métrica y rítmica, en la mayoría de sus poemas –incluído el título– hay un afán de perseguir el heptasílabo, así como los hexasílabos y octosílabos, metros de arte menor que recuerdan la cotidianidad presente en Romero y también a una poesía mucho más popular, raigambre del romance –en el caso específico del heptasílabo y hexasílabo: de la endecha y romancillo, respectivamente–. Son estos metros los que más se ocupan en aquellos poemas cuyo motivo principal es el erotismo. Sin embargo, conforme el poemario progresa hasta el desamor y el rencor del yo poético, se incrementan los versos por poema y se privilegian la anáfora y las repeticiones en general, como recursos para marcar el ritmo. La repetición asemeja a los procesos de la memoria, y a tiempos resulta hasta obsesiva (“La llama negra” y “Espectro”), cuestión que no extraña cuando el yo poético se percata que hasta en el recuerdo existe la mentira y está cegado por el despecho. Sin embargo, de dicha intensidad, el yo poético regresa a un estado de menor exaltación, y se vuelve evidente su interés en no olvidar:

Fuego Fatuo

Despedirse entre sábanas
rogando a cada poro que nos guarde
entre retozo y lágrima
el calor de una luz perpetua.
[…]

Una vez que uno cree que la lectura del poemario ha sido completada, tras los dos poemas breves, se encuentra un último heptasílabo, solitario: “Acaso la palabra…”. Esto no puede hacer más que recalcar la línea de pensamiento y conciencia del yo poético, aquél que en este punto ha dejado en claro que, al igual que en la historia de la humanidad, el único método para evitar el olvido es la palabra, ya sea en su reproducción oral o escrita. A pesar de que el recuerdo resulta doloroso, también queda claro que la escritura –la palabra– es la única manera de perdonar, así lo dice en “Maldición”:

Y escribo porque sé:
en unos meses no arderá más
la trémula llama que fuimos,
ni el odio de este último instante.
Pero estas palabras simples,
desafiando los años, las fronteras,
acosarán tu nombre, su fantasma
y la ciudad donde enterraste el mío.

Las últimas palabras del poemario reconectan con el título de éste. El adverbio “acaso” se corresponde con la sobrevivencia, denotando la esperanza del yo poético y la posibilidad de algo más, esto tan sólo da pie a pensar que la travesía de este desamor en particular aún no ha llegado a su final. Por lo tanto, hay una gran posibilidad de que estemos al inicio de un proyecto poético más grande. Uno que tan sólo puedo sospechar que estará, al igual que todo este poemario, caracterizado por su emotividad y capacidad de causar empatía en el lector, misma que ciertamente causó en mí. La intensidad del poeta en su sentir no hace más que llevarnos a buscar en sus poemas aquello que más nos toca, valga la cursilería, en el corazón y nos permite proyectar nuestros propios sentimientos y experiencias en los versos de Romero.

La luz que sobrevive es, sin duda, la búsqueda de la honestidad con uno mismo y un gran esfuerzo de autoconocimiento –quizá del propio poeta o quizás invención–. Tras su lectura, tan sólo queda que nosotros como lectores realicemos el mismo ejercicio: remembrar amores pasados o presentes y tal vez no será a través de la poesía, pero que exorcicemos cualquier demonio –primordialmente amoroso– que nos acecha. Éste, a mi parecer, es el aporte de mayor valor del poemario y lo que justifica su lectura y recomendacion, es aquello que por siglos nos ha acercado a la poesía –tanto como poetas, como lectores–, constituye llegar a la catarsis, vernos reflejados en las palabras –ajenas, pero de las que nos apropiamos– que persisten.

Beatriz Esquivel Franco

México, Distrito Federal | 1992. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha colaborado como editora, correctora y redactora en revistas culturales digitales e impresas como ‘Revista Pollo Rostizado’ y ‘Revista Kya!’, como editora de la sección de columnas y encargada del Newsletter mensual, además de redactora en ‘Shauku’, revista digital de cultura. Asimismo, ha incursionado en el arte del encuadernado, la corrección de estilo y la edición de textos digitales de manera independiente.

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