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Montserrat Martínez: reinventarse o la Metamorfosis perpetua

Casi puedo verlo nítidamente al borde de la ventana de un sexto piso. Plateado, a punto de caer, contemplando quizá el vacío que lo separa del asfalto, aguardando el momento preciso para salir en busca de aventura o simplemente divagando en sus pensamientos mientras el tiempo se consume a su alrededor.

Da uno, dos, tres pasos de lado a lado y vuelve a quedarse quieto. Maúlla ligeramente. Se sienta sobre sus patas traseras. Sus bigotes brillan, tiemblan ligeramente mientras las ráfagas del viento los acarician. El horizonte (ese púrpura violento abarcándolo todo) le traspasa la mirada, da un lengüetazo a su propia piel y permanece impávido, con temple, haciendo honor a su encantadora especie… Minutos después (instantes que se eternizarán en un quejido de dolor ininterrumpido), será todo un sobreviviente, un espartano que luego de la estrepitosa caída desde el balcón permanece quieto, aferrándose a la vida, tembloroso, viendo diluirse la noche como si se tratara de las esperanzas para salir vivo.

Su nombre: Lenin, Don Lenin. Gato azul ruso, aquel día de apenas un año de edad y ya un miembro más de la familia (u Ohana, al estilo tan simbólico de los nativos Hawaianos) comandada por la ilustradora y artista plástica Montserrat Martínez, originaria de Tenancingo, Estado de México; quien recientemente estrenó su exhibición ‘Vaivén’ tras las puertas del Museo del Tequila y el Mezcal (en pleno corazón de Garibaldi), y que ahora me platica de dónde surge todo y cuáles fueron los senderos que la llevaron a realizar esta presentación.

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Montse, cuya voz (de entrada), tiene unos timbres tan envolventes que hacen que me olvide por completo de la neurosis cotidiana del día y comience a dejar atrás la sensación de las horas en la oficina, ese proyecto flácido para un empresa que no me interesa pero que algo de plata, los compañeros ahí, el absurdo cotidiano, la gente en el metro, los subdesarrollados en el metro y la maldita lluvia que me atrapó desde mi llegada a la estación Parque de los Venados.

Como en un soplido filmado bajo un hiperrealismo deslumbrante, desaparecen esos detalles cotidianos de los que muchas veces no podemos escapar y puedo concentrarme en la voz de Montse surgiendo del otro lado del auricular.

Nos presentamos, intercambiamos algunos detalles cotidianos (ella está recuperándose de una fiebre, y yo atorado bajo la lluvia, atravesando puestos callejeros que ocupan todo un costado del Parque, tratando de dejar atrás la tensión social), le pido si me da unos quince minutos más para llegar a casa y continúo con la marcha.

Montse, nacida en 1988, amante descontrolada de Salvador Dalí y apasionada de Bukowski, Juan Rulfo y Frida Kahlo. De un rostro bellísimo, una sonrisa descomunal y fanática de “lo hermoso y lo bizarro que puede existir en el mundo”. Eso la impulsa a vivir, a ser intensa, a dejarse envolver de pasión por todos aquellos que pueden parecen los detalles más insignificantes de nuestra existencia, pero que a través de sus ojos encuentran una trascendencia diferente.

“Encuentro la belleza del mundo en cosas muy simples. Ejemplo ahorita, que estaba lloviendo… Esas escenas de la vida que dan ganas de estar vivo, que dices por esto vale la pena estar vivo. Esos pequeños espacios de felicidad. Por eso me gusta mucho el tema de la belleza, la estética. Un amanecer, un atardecer, una conversación con un amigo que tenía años que no veía. Esos detalles que le dan sabor a la vida.”

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Todo comienza, justamente, con el mencionado Lenin. La noche del terrible accidente. Monse vivía en un sexto piso y una noche, el pequeño mino se cae de la ventana y queda al borde de la muerte. “Ya te imaginarás el drama, ¿no? Lo encontré hasta el siguiente día, lo llevé al veterinario y cuando llegué con la veterinaria me dijo ‘Oye Mon, llegó muy mal. Considera ponerlo a dormir, te lo dejamos a tu consideración”, dice Montse del otro lado del teléfono mientras va narrando el terrible accidente de Lenin y yo, bebiendo mi primera taza de café de la tarde, intento imaginar toda la escena.

“Para esto, yo ya tenía un trauma infantil: desde chiquita he tenido gatos y siempre las vecinas me los envenenaban. Tenía que llevarlos al veterinario (que es amigo mío de donde yo vivía antes, en Tenalcingo), y él les hacía lavado estomacal y al final los ponía a dormir. Salvó nada más como a dos gatitos. Y me quedé con ese trauma de que me dijeran ‘considera ponerlo a dormir’, y dije: ‘No, no va a pasar’. Le dije a la veterinaria ‘como quede, lo quiero’. Así quede mal de una patita, casi en una silla de ruedas, lo quiero. No me importa…”

La narrativa de su historia se detiene por unos segundos. Su voz es traspasada por los recuerdos y las emociones que desde entonces han nacido. Toma un poco de aire y continúa con la historia:

“Y te juro Adrián, sobrevivió… Aquí sigue. Estuvo un mes en el hospital, otros tres meses de recuperación. Ya te imaginarás, quedó hecho pomada. Y a partir de eso, pasan otras situaciones, cosas personales. Nos vamos a Valle y es cuando empiezo con la serie de los Felines, porque es como ver la vida de un ser que quieres, aunque no sea un humano es un amor igual. Al final, las mascotas se vuelven parte de tu familia. Hay toda una historia con este gato.”

Por eso el título de Felines a la serie exhibida en el Museo del Tequila, que dicho sea, estará en exhibición hasta el próximo 27 de Agosto (totalmente gratis) y que aunque en esta exposición sólo se muestran dos obras, la totalidad de la serie está compuesta por siete pinturas en gran formato, las cuales han representado, dice Montse, “una transición de todo lo que me ha pasado a lo largo de estos años”;  y que en esta exhibición ‘Vaivén’ estarán acompañadas de otras series de ilustración tituladas Awakening y Heart en acuarela y lápiz de color, así como los Diablos y los art toys llamados Mujeres Conejo, que ella ve “como guardaespaldas, caballeros en mujeres conejo porque miden 2 metros. Entonces son enormes. Y es parte de otra serie que quiero hacer. Todavía no está completa pero sí quiero ponerlas en la exhibición para que sea un inside, un preview de lo que viene.”

Al final son representaciones, fragmentos de su alma, cuchilladas de creatividad que también demuestran ese lado tan felino que tiene Montse y que ponen en evidencia toda la coyuntura de caminos e influencias artísticas que ha tenido durante los diferentes procesos de su trayectoria.

Quizá, precisamente, cuando dice esto último de la transición a lo largo de todos estos años; lo dice refiriéndose a todo lo que ha atravesado desde su embarazo de un pequeño que ahora tiene cuatro años, su paso por la carrera en Cinematografía y Animación, el encuentro con Lenin, el nacimiento de la escritura, la pasión por la lectura, las dificultades, el dolor,  y aquellos lejanos días de sus inicios como dibujante amateur, cuando era pequeña e influenciada por la presencia de su hermano mayor experto en dibujar manga (ahora convertido en arquitecto), comenzó a esbozar sus primeros trazos.

“Cuando teníamos como 6, 7 años me acuerdo que lo veía dibujar. Siempre le encantó dibujar manga y yo me ponía a dibujar con él. Obviamente mis dibujos eran de niña chiquita, pero lo intentaba. Mi hermano dibuja muy bien, y él fue en cierto aspecto mi icono.”

Como una Metamorfosis reincidente. No dejar de retarse y evolucionar a cada paso. Del dibujo a la escritura, de las letras a las imágenes, del cine a la animación y de ésta a la pintura, la ilustración y las artes plásticas.

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Camaleónica, podríamos llamarla. Como ella misma se refiere a David Bowie cuando habla de él, de la influencia que ha tenido en su desarrollo, de su música, de su personalidad, de cómo la deprimió salvajemente la noticia de su muerte y cómo realizó una ilustración en homenaje a él incluida dentro de una serie para la revista Warp.

“Es de mis músicos favoritos. Por todo. Tanto por la música, tanto él como personaje, como humano, y del porte que tenía. Una mezcla. Siempre era una persona que se estaba reinventando. Todo el tiempo. Un día lo podías ver gris, y otro día súper colorido. Como muy camaleónico… Y eso lo refleja en su creación. Era como magia, yo lo interpretaba así. ¿Cómo en una persona puede haber varias?”

Luego el amor descontrolado a Salvador Dalí (al punto de deprimirse cuando se enteró que murió en el año 1989, a uno de su nacimiento), el aprendizaje de la vida y obra de Frida Kahlo, las lecturas de Bukowksi, el fanatismo hacia el desarrollo de la tecnología, el cine y la animación como ejes evolutivos y, por supuesto, la presencia de la literatura, cuyo valor  dentro de la obra de Montse es innegable.

Pieza fundamental en el proceso de su construcción creativa, entiendo perfectamente cuando habla de la escritura como ese pegamento intuitivo que termina por ensamblar todas las piezas. En mi caso sucede con la música. Me llevó a la escritura y ahora es la que me mantiene enchufado, hacia adelante, sobreviviendo. Para Montse, es la literatura de donde nace su imaginario visual.

“Me gusta mucho escribir. Y de cosas que escribo por lo general saco ideas. Haz de cuenta que veo como la imagen de la pintura y eso ya lo materializó, lo plasmo… Hago cuentos cortos de cosas que me van pasando. Cuando salgo de viaje me gusta mucho estcribir. En lugar de ponerme a pintar, que es lo que yo creo debería hacer (risas), me da más por escribir… Me da una idea nueva de cómo es que quiero pintar. Los temas que veo los transfiero a través de las cosas que voy escribiendo. Es parte del proceso creativo. De lo más importante. Sería como el paso número uno: escribir cuentos cortos, influenciarme en esa parte y después bajar la idea en una pintura.”

Sin este proceso, su producción no fluiría de la misma manera. Es el arma secreta para exponer un arte que busca construirse a detalle, tomándose su tiempo, ensamblando detenidamente cada uno de los elementos.

“El arte es muy subjetivo. Tú puedes ver una cosa, yo puedo ver otra cosa. Depende de las experiencias que hemos tenido. Pero sí estoy haciendo hincapié en esa transformación del humano. Siento que estamos en una época ya en el límite. Hay tanta violencia y está todo está tan complicado en este planeta, que ya estamos en el límite de hacer un cambio monumental. Como el inicio de una nueva etapa. Así lo siento yo, tal como muchas otras personas.”

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El inicio de una nueva etapa. A nivel colectivo, con la fuerza de un simbolismo que pudiera extenderse de mente en mente, de individuo en individuo. Me gusta ese pensamiento. Me lo guardo mientras la conversación entra a su recta final y Monse profundiza un poco en una de las primeras pinturas que realizó Frida Kahlo, completamente influenciada por la problemática emocional de su relación con Diego Rivera; para luego pasar a hablar un poco de lo que significa ser madre y artista, de todo lo que le cambió la vida y cómo ha influido en su desarrollo artístico actual.

Mientras nos despedimos y termino mi jarra vespertina de café, se me viene a la mente el título para este texto: Reinventarse o la Metamorfosis perpetua.

 

About Adrián Ortega

Escritor y Periodista. Diseñador, melópata, bohemio irrecuperable y apasionado desenfrenado del Post-Rock, la viticultura y el cine de Park Chan-wook. Fanático a muerte de los Ravens de Baltimore e hincha del Atlas de Guadalajara y del Chelsea Football Club. Co-Fundador y Director General del medio de difusión artística ‘Operación Marte’, co-editor del sello editorial ‘Korova Records’ (en construcción) y locutor en el canal de podcasts ‘La Tribu’. Su primer libro: "Érase una vez en Santa María", fue publicado por 'La Ratona Cartonera' en Mayo de 2015. Actualmente trabaja en su primera novela y en una serie de artículos, crónicas y ensayos de música y Rock que piensa titular "Medio Segundo de Snuff & Spaguetti".

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