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Una Llama nos Encuentra cual Rastrojos: ‘La Luz que Sobrevive’, de Abel Romero

por María del Carmen Martínez

Resulta difícil no identificarse con la voz poética de La luz que sobrevive: el amor y sus consecuencias constituyen el eje que vertebra el segundo poemario de Abel Rubén Romero. El lector recorre cada verso sin dejar de asentir, pues al estar frente al proceso del poeta, se asiste a un proceso propio, cuyo desarrollo se conoce, hemos disfrutado y padecido.

Pese a que en su mayoría los poemas breves que componen La luz que sobrevive están escritos en verso libre, el poemario no ignora la tradición poética. De ello dan cuenta dos cuestiones: el tema –pues muy pocos se erigen tan trascendentales como el amor– y la inclusión de un par de sonetos. Mediante un lenguaje sencillo, pero no exento de una desbordante emotividad, el poeta enuncia aquello que caracteriza al amor, describe las fases del enamoramiento y busca con la escritura conservar para la posteridad las sensaciones de ese estado pasajero.

La voz poética de La luz que sobrevive encuentra que el mejor método para hablar del amor es asimilándolo con una luz que emite calor. De este modo, las imágenes que predominan tienen que ver con la intensidad de ese calor, que corresponde a la intensidad del amor; a veces, tenue: “en unos meses no arderá más / la trémula llama que fuimos” y otras, “un fuego sin extremos”, capaz de abrasarlo todo. Este símil permite al poeta explicar lo inefable, lo inasible, lo que de otro modo caería en lo ordinario y banal.

Incluso, el título del poemario anuncia la relevancia que tendrá la luz. Tras la lectura de los poemas, se aprecia que esa delicada luz que perdura se trata de los restos de un amor inmenso experimentado por el poeta.

En cuanto a esto mismo y con respecto a aquello que motiva la escritura de los poemas, no puede ignorarse que la “luz que sobrevive” se nombra en el poema “Bálsamo”.  Tanto este, como “Maldición” poseen algunas marcas metatextuales que exponen la razón que impulsa a escribir al poeta, es decir, la certeza del olvido y el deseo de poseer en el futuro un registro que dé cuenta de lo sucedido. Además, en ambos poemas se identifica al amor con una débil luz. En uno se trata de “luz que sobrevive” y en otro, de “la trémula llama”. En esencia, ambos poemas sobresalen debido a que manifiestan las causas que estimulan la escritura del poeta.

El amor, de acuerdo con este poemario, puede tener tantas apariencias y acepciones como la luz tiene, dependiendo de la fuerza con la que se manifieste. Sin embargo, justamente los dos sonetos (los únicos poemas con una métrica definida en el poemario) contienen los elementos antagónicos fundamentales del concepto del amor, según el poeta. Por un lado, su poder ineludible y sublime. Por ello “resquebraja nuestra roca” y “nos funde los cerrojos”, a la vez que “yergue humanidad sobre la nada”. Empero, sus efectos en quien lo padece –pues con frecuencia el poeta identifica el acto de amar con algo negativo–, se deben en gran medida a su engañosa apariencia. Aunque al inicio parece que el enamoramiento trae felicidad, indefectiblemente esa alegría llega a su fin y deja en su lugar dolor y olvido. Se trata de una “Mentira enmarañada al desatino” un “espejismo” que al final solo permitirá besar “la sepultura”.

Incluso, el poemario puede dividirse en dos partes que se relacionan con el comienzo y fin de una relación. Así, los primeros poemas aluden al erotismo, a la imposibilidad de no caer en el enamoramiento pese a que se conocen las consecuencias (“renovada imprudencia nos empuja”) o las falsas esperanzas que ofrece el amar. Los sonetos también aparecen al principio, con lo cual la primera parte del poemario establece los elementos que inauguran y definen una relación amorosa. Desde ahí hay marcas que señalan la fatalidad de ese acontecimiento y que se desarrollarán durante la segunda parte del poemario.

Las dos partes del poemario están separadas por “Tragaluz”. De modo muy significativo, en ese poema el amor y el ser amado no poseen rasgos negativos y el poeta habla desde el presente, en donde acción y enunciación suceden al mismo tiempo: “Me miras”, “me alumbra”, “me adormece”, etc. Cuando el poeta cuestiona el pasado, puede observarse que éste no fue mejor que el presente. De hecho, dicho cuestionamiento sugiere lo contrario: que las mismas cosas que se hacían desde antes, son mejores en la actualidad:

¿Dónde vagaron mis manos antes de tu noche?
¿Fueron acaso piedras rodantes cuesta abajo,
sólidas y ásperas por tierras opacas?
¿Dónde chispearon mis palabras procaces
sin tus oídos cortesanos?

“Tragaluz” resulta relevante al aparecer en el centro, ya que después de él se ubican aquellos con un trasfondo de rencor, ira y dolor. Parece como si esos instantes descritos ahí motivaran todo lo que los otros poemas contienen y como si eso mismo tuviera la mayor importancia: no el pasado ni el futuro, sino lo que es, el presente, es decir, esos pequeños momentos junto al ser amado.

La otra parte del poemario está compuesta por poemas en donde el amor ya no se idealiza. Eso justifica que los temas de estos poemas se basen en cuestiones menos sentimentales, como la convivencia nocturna de “hombres de aluminio” o los aprendizajes sexuales de ciertas mujeres. Además, el enamoramiento aquí ya se revela como un proceso cuyo fin provoca rabia y dolor, pero del que se puede salir en algún momento. Baste observar el poema “Espectro”: si bien, quien habla, odia y lo manifiesta con detalles, hacia el final se sugiere que él puede recuperar la cordura una vez que supere el desengaño:

y un día, si sus sienes no cedieron
y el tiempo fue clemente en su desgracia,
recoge del estiércol su osamenta
y brotan tras su rastro girasoles.

Los poemas que componen esta segunda parte tienen una base tanto melancólica como iracunda. El discurso de la voz poética oscila entre lo insufrible y la esperanza (que quiere ser seguridad) de poder abandonar ese insoportable estado.

Otra isotopía que recorre el poemario engloba las partes del cuerpo humano. Para el poeta parece tener gran relevancia cómo el cuerpo constituye un medio muy efectivo para conocer y explicar las emociones. En especial, hay una inclinación por nombrar partes que se encuentran en el lado superior: nariz, boca, lengua, dientes, oídos y, particularmente, ojos. Ojos y, por extensión, miradas, se convierten en un puente entre el interior y el exterior del poeta que le permite apreciar lo que sucede en ambos sitios.

Por su recurrencia, se distinguen estrategias que evidencian un concienzudo uso del lenguaje. Las anáforas en primer lugar, además de remarcar una idea, producen un efecto sonoro agradable y establecen cierto ritmo:

y será su carne extensa,
y su deseo satisfecho
y perderá los ojos
y no será nunca más un hombre.

Luego, el uso de paréntesis para aislar una o varias letras con el fin de sugerir dos significados con la misma palabra, detona al menos dos sentidos distintos en un mismo poema. Así, en “Bálsamo”: “B(v)e(r)saré tu boca tu cuello” y “Te b(v)e(r)saré carne de alma” tanto puede significar que el poeta besará, como que versará (hablará, o hará versos) de ello. Finalmente, los calambures de “Alamar”: con base en los espacios entre letras y palabras y en conjunto con el contexto del poema, éste  puede aludir al acto de amar o el zarpar hacia el mar. El efecto sonoro resulta crucial en este poema: dependiendo de dónde se hagan las pausas en la lectura en voz alta, el significado del poema cambia: “A l a m a r partir, porque no hay puerto”.

En fin, no puede negarse que el poemario de Abel Rubén Romero carece de complejidad, aunque ahí mismo radican las razones para admirar estos poemas. En definitiva, La luz que sobrevive vale la pena por su sencillez –que no trivialidad–, por su lenguaje directo y eficaz, pero sobre todo porque se erige ante el lector como un testimonio del gozoso y a la vez terrible acto de amar a alguien. Sin duda tiene enorme mérito el encontrar las palabras exactas para describir un proceso universal sin caer en la cursilería.

María del Carmen Martínez.

Nace en Hidalgo, Pachuca, en 1992. Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana y poco a poco comienza a demostrar su especial interés en la literatura mexicana. Ha publicado en la revista digital ‘Destiempos’, donde se albergan aquellos artículos que demuestran esta gran pasión por las letras. 

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