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Homo Musicus

Si tuviésemos que definir algo o a alguien, nuestro primer impulso sería ampararnos en el recuerdo de cierta marca visual: el ojo por sobre todas las cosas. Probablemente, un segundo recurso sería rebuscar entre nuestras sensaciones e impresiones o, en el caso de tratarse de un individuo, recurriríamos a un rasgo de su personalidad: apoyarse en la subjetividad puede ser también una buena opción para estas situaciones. Son muy pocas, sin embargo, las ocasiones en las que confiamos en nuestro oído, como si el sonido fuese un elemento secundario e insuficiente para delimitar y definir nuestra cartografía sensorial. Lo que olvidamos es que la audición es casi tan crucial en nuestras vidas como lo es, por ejemplo, en el cine, y esa es una de las grandes lecciones que nos lega Ennio Morricone con cada banda sonora que escuchamos de fondo cuando estamos frente a la pantalla grande… o chica, según disponga la comodidad de cada quien.

Toda gran belleza entraña un profundo misterio, como muy bien evidencia el origen de la poesía o el de la música. Se cree —es una colorida hipótesis— que nuestros antepasados, quienes hicieron de las cavernas sus hogares, aprendieron a modular e imitar sonidos, reproduciendo los ritmos y las cadencias que la naturaleza proporciona, ello producto de la clarividencia y la perspicacia de aquel Homo Musicus, el cual emulando a Prometeo y el fuego, nos regaló la música y con esta, el acceso a la inmortalidad, al menos para unos pocos. En tal sentido, encuentro una fuerte semejanza entre lo que hizo este ancestro nuestro hace miles de años con el trabajo de Ennio Morricone: ambos nos descubrieron el valor real de la música, destacando su importancia más allá del pasajero placer y del vano entretenimiento. Esto queda muy bien plasmado en las películas que musicalizó —si uno se detiene a escuchar, claro—, pero también en el estupendo libro-entrevista titulado En busca de aquel sonido, que repasa la extensa y exorbitante carrera musical del maestro romano.

Desde la invención del cine sonorizado, se la consideró un mero acompañamiento o, en el mejor de los casos, un efectivo velo que cubriría oportunamente sonidos indeseados o poco favorecedores para la producción. Parte del atrezzo, en resumidas cuentas. Aquel tipo de melodías era el que imperaba en el mundo cinematográfico hasta que Morricone dio con la tecla apropiada: con él entendimos que la música es también un lenguaje y, como tal, sus funciones son diversas dentro de la trama: es el elemento revelador que el director no desea mostrar o que a veces contradice, jugando al despiste con el espectador; o también el contrapeso que intensifica un desenlace hasta conducirnos a la catarsis. Rememoremos, si no, el final de Nuovo Cinema Paradiso, cuando Totò mira el collage que le hiciera Alfredo con todos los besos censurados por el cura del pueblo. Imposible no sucumbir al llanto que provoca la escena, una verdadera oda al cine, perfectamente ambientada por la nostálgica y emotiva composición de Morricone.

Lo que él comprendió antes que ninguno es que para que funcionara la sinergia entre imagen y sonido la música tenía que ser autónoma, debía ser capaz de sobrevivir y deleitar fuera del film sin perder su identidad. La subordinación jamás promueve el diálogo, sino lo contrario: instala dictadura y opresión, conceptos que se muestran renuentes a abandonar nuestro vocabulario cotidiano. De ahí que para Morricone fuese vital la charla y el intercambio fluido y constante con el cineasta. Buena parte del éxito de sus bandas sonoras radica en este simple, aunque complejo acto: el buen entendimiento entre dos creadores. En cierta manera, la grandeza de Bertolucci, Tornatore, Leone o Pasolini se debe a los intuitivos oídos de Morricone. Él es el artífice del sublime oboe de Jeremy Irons en The Mission o de los memorables silbidos en los temas de la Trilogía del Dólar, protagonizada por Clint Eastwood. Y si ahora alabamos estas películas es porque la irrupción y duración de la música ha sido calibrada adecuadamente, como se aprecia en Once Upon a Time in the West, esa pieza de relojería acreditada también al tándem Leone-Morricone.

Once Upon A Time In The West (Finale)

 

A su vez, Sergio Miceli, musicólogo y conocedor de su obra, considera admirable la alta capacidad para simplificar y arreglar una melodía sin caer jamás en el simplismo o en los facilismos propios de la profesión. “Con el transcurso de los años Ennio ha reducido el material temático, y de los doce sonidos de la escala cromática (previstos en la serie dodecafónica) ha pasado a seis, cinco, cuatro, pero incluso hay micromelodías de solo dos sonidos.” La técnica de Morricone posee, sin duda, múltiples recursos y su pericia es tal que le permite llegar a diversos públicos. Sus composiciones se basan en la conjugación de tres elementos base —audacia armónica, amplitud melódica y una exquisita imaginación tímbrica—, con sus tres mandamientos: la idónea sintonización con el director y el tener siempre presente al público sin traicionarse a sí mismo. Su crédito se ve respaldado por su honestidad y profesionalismo, a los que añade otra regla no menos elemental: nunca repetirse. La experimentación constante es el aliciente máximo que le ha llevado a firmar más de 500 bandas sonoras para cine y televisión y muchas piezas sinfónicas propias.

Hoy, a sus 89 años, se podría pensar que el recorrido musical de Morricone ha sido de ensueño, de película. Algo de ello hay, ciertamente, pero también mucho esfuerzo, fuerza de voluntad, ingenio y apremios. Su interés inicial fue la medicina, pero acabó sustituyendo a su padre como trompetista en la banda que este integrara. Los caminos de la vida le llevaron a involucrarse cada vez más en el circuito musical romano hasta verse trabajando como negro, orquestando y reescribiendo partituras que luego aparecían en las películas sin acreditarlo, por supuesto. Su primera banda sonora llegó en 1961 para Il federale, dirigida por Luciano Salce y desde entonces la maquinaria no ha cesado: en su palmarés contamos tres Globos de Oro, dos Grammy, diez David de Donatello, once Nastro d’argento, cinco BAFTA, dos Oscar (uno de ellos honorífico) y el Premio de Música Polar, considerado el Nobel de la música. Tal vez su mayor resignación fue dejarse arrastrar por el cine, cuando en realidad lo que él deseó fue componer música experimental y sinfónica, o música absoluta, como así la llama. Su formación musical bebe de la vanguardia postweberiana y durante los 60 formó parte del Gruppo di Improvvisazione Nuova Consonanza, inspirado en las exploraciones de John Cage. Empero, cuando hay una familia de por medio y bocas que alimentar, las prioridades son otras, incluso para Morricone.

En los últimos tiempos son muchos los homenajes que se le vienen dedicando. En busca de ese sonido entra en esta categoría, un libro fabuloso y muy bien ideado por Alessandro De Rosa, discípulo y compositor quien plantea con mucho tino y agudeza cada una de las preguntas que responde il maestro, y que incluye también valiosos testimonios de personajes y amigos como Bernardo Bertolucci, Boris Porena, Sergio Micele o Giuseppe Tornatore; además de un listado cronológico de todas sus creaciones (tanto de música absoluta y de música aplicada). En sus páginas hallaremos anécdotas, opiniones y juicios sobre la obra de muchos de los más grandes cineastas, músicos, compositores y ajedrecistas occidentales. Pero sobre todo, conoceremos un poco mejor a un ser humano que, pese a todo el glamour, la frivolidad y el acoso sexual y político que corrompe el cine, aún destila humildad, integridad, sensatez y pasión en armoniosas cantidades. Esto es lo que oímos y sentimos en la música que ha escrito y que sigue escribiendo diariamente desde que se levanta, siempre a las cuatro de la mañana, en la serenidad y en el silencio de su Roma eterna. Una ciudad que, irónicamente, tampoco duerme.

Reinhard Huaman Mori
Eivissa, 23.XI.2017

Greatest Hits – The Very Best

About Reinhard Huamán Mori

Ha publicado los poemarios el Árbol (2007), así como fragmentos de Fuego (2010) y la plaquette de poesía Ella (12 secuencias) Isabel Archer (2015). Fue director de la revista de literatura Ginebra Magnolia. Actualmente, reside en Ibiza.

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