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Gira de Estudios

No era un buen momento para ser pajarita nueva. Me cambiaron de escuela al empezar la media[1] y perdí a todas mis amigas y compañeras. Fue cuando mis papás se estaban separando pero yo creo que lo hicieron para joderme la vida, porque al año volvieron a casarse. Hacía como que no me importaba pero sabía que hacíamos el ridículo delante de mi tíos, de mis abuelos, de mis primos y a veces hasta de los apoderados. Como decía, no llegué en un muy buen momento para ser pajarita nueva. En el Primero Medio B del Emblemático se conocían desde que eran unas niñas lloronas que se peleaban por la plasticina, el papel lustre y el cariño de la Tía[2] de turno. Fue un año triste, lloré mucho y todas lo supieron. La Mitsy se quedó con el primer lugar del curso, como ocurriría en los 3 años siguientes.

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Comencé a sentirme mejor cuando pasamos a Segundo. Nos decían que de aquí en adelante la cosa se iba a poner complicada, que ya nadie iba a estar encima de nosotras, que había que prepararse para la universidad si queríamos ser alguien en la vida y todo lo demás. Algunas pensaban que eso era importante, pero todas sabíamos que el verdadero final estaba al terminar Tercero Medio, en la gira de estudios. Muchas cosas se decían de la gira de estudios. A algunos apoderados no les gustaba para nada la idea. Decían que era un gastadero de plata, que quién nos iba a cuidar, que éramos muy chicas e irresponsables, que no era necesario ir tan lejos. Pero todas sabíamos más o menos bien cómo jugar con las culpas de padres trabajólicos. Era cosa de aguantar una breves pataletas y ya estaban: comprometidos a pagar cuotas para el viaje. Se decía también que las giras eran pura tomatera, que en la noticias había aparecido que no se cuántas niñas habían vuelto embarazadas en un colegio del sur y que en otro habían intentado secuestrar a una chica. Nunca supe por qué se llamaban giras de estudios si lo que menos se hacía era estudiar. Daba lo mismo. La mitad del curso iba a salir por primera vez de Chile y la otra mitad conocía solo Tacna o Mendoza. Era también la posibilidad de carretear sin nadie encima y curarnos y decirnos esas cosas que se dicen los curaos, como que se quieren mucho, que ya sabís cómo soy yo y que quería decirte algo hace tiempo. Yo tenía que hacerle saber algunas cuestiones a la Mitsy.

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Jugo o bebida, me preguntó la azafata. Le contesté que prefería agua. Quedaban algunas horas de vuelo y seguramente me iban a dar ganas de dormir y si pedía jugo después despertaría con un aliento del terror, aunque esto no se lo dije, solo lo pensé. El viaje recién estaba comenzando y ya teníamos varias advertencias de la profe Valentina y de los apoderados que nos acompañaron. La profe Vale tenía la jefatura de nuestro curso desde Primero Medio y nos dejaba decirle así solo cuando no hubiese profesores o inspectores cerca. Nunca supimos cuántos años cumplía cada vez que le dabamos la sorpresa en junio. Su edad era un misterio pero la calculamos entre los 45 y los 55 años. Seguro tenía más de 50 y por eso no le gustaba que le preguntaran. Seguro que eso le causaba frustración porque fuera de eso sí tenía la comodidad para confiarnos otras cosas. En un consejo de curso nos contó que una vez estuvo casada pero que la relación no había durado mucho tiempo. Que había sido cuando joven, al tiempo de haber salido de la universidad. En otra ocasión nos contó que casi todos los veranos se tomaba el mes de febrero para recorrer algún país de América, pero nunca Estados Unidos, aunque tuviera que repetirse el plato. Nosotras manejábamos algo más de información a causa de una compañera de curso, la May, bien alta y crespa, que era hija de una profe del colegio y que tenía serios problemas para mantener las cosas de adultos entre adultos. Por ahí supimos que la profe Vale había tenido un accidente en automóvil que requirió una operación que le dejó una cicatriz enorme en su pierna. Tal vez eso explicara que sólo usara pantalones y la causa del rumor de que no podía tener hijos. Era bonita la profe Vale, y eso que no se maquillaba. Aunque era ingeniera de profesión todas la teníamos en gran estima porque nos hacía aprender matemáticas, a nosotras, un grupo del que no saldría ninguna persona importante en nada. Salvo la Mitsy. Eso lo supe desde que llegué al curso.

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La Mitsy siempre había tenido las mejores notas y el cariño de todos los profes. Sus papás la llevaban desde hacía años después de clases a entrenar al equipo de fútbol donde era titular y goleadora. Era de las que podía hacer esas y otras cosas y nadie iba a discutir que era una señorita. Nunca tuvo espinillas, fue la primera a la que le salieron pechugas y también la primera de nosotras en agarrar con uno de los minos[3] de Cuarto medio del Liceo de Hombres. La Mitsy se sabía la más mina[4] del curso. Tenía toda la materia en los cuadernos y siempre se presentaba para los aniversarios, alianzas, concursos de talento o lo que fuera. Había sido presidenta del centro de alumnos y una vez la vinieron a entrevistar de la tele. La Mitsy no tenía grupo pero se llevaba bien con todas. Tenía los ojos verdes. Lo míos eran café y apenas destacaban de mi cara, morocha y redonda. Pero ella se comía las uñas. Se comía las uñas e intentaba que no se le notara. Mordía un poco y luego las limaba para que quedaran parejas. Sospechoso. Me da mala espina[5] la gente que se come las uñas y doblemente la que intenta ocultarlo.

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Siempre hay alguien peor que uno y eso también corría en el curso. Yo nunca destaqué por algo en particular. Tampoco voy a decir que era la más perna porque para eso estaba la Jose, por poner un caso. La Jose no era fea pero no sabía sacarse partido[6]. Abajo siempre ocupaba jeans y arriba solo variaba el color de sus camisas a cuadros. Se echaba un perfume que usé cuando iba en Sexto, llegaba súper temprano a los carretes, hablaba despacio y no podía pronunciar las erres. Los profes tampoco le daban mucha bola. No le gustaban las clases, ni los profesores, ni las tareas, ni las actividades. Sentíamos la confianza de molestar a la Jose cada vez que se pudiera, por deporte o por aburrimiento, pero solo porque sabíamos lo que en el fondo sentía: un desprecio infinito por la escuela. Era como una manera de acompañarla en su frustración.

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El vuelo duró casi 7 horas. Nadie pegó un ojo. Ni siquiera el resto de los pasajeros pudieron hacerlo. Cuatro o cinco veces vinieron las azafatas a pedirnos que por favor paráramos el griterío, que íbamos en un avión, que no éramos las únicas. Se veían lindas las azafatas así vestidas. Con nosotras fueron dos apoderadas, como tenía que ser, para acompañar a la profe Vale a cuidarnos “y que no hiciéramos ninguna tontera”, como se repitió hasta el cansancio en la último reunión de apoderados. Todos estaban muy preocupados de lo que podía ocurrir en el viaje, pero cuando se preguntó quién quería ir con nosotras nadie levantó la mano. De ahí empezó una repartija media rara de responsabilidades de tal manera de que quienes no fueron quedaron a cargo de otras actividades como la graduación y la cena de egreso para el próximo año. Al final nos acompañaron la Tía Ale y la Tía Silvia, una siempre muy comprometida con las actividades de “las niñitas”, y la otra, realmente no sé si tenía muchas ganas de venir.

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Nunca había dormido en un hotel. Era como una versión mejorada de la vida en mi casa. Todo el mundo sonreía y te cargaban las cosas. En cualquier momento del día podía llamar y pedir que me cocinaran lo primero que se me antojara. Yo pude hacerlo dos veces y en ambas pedí una porción de papas fritas. A unas pocas compañeras sus papás les pasaron sus tarjetas y pedían algo distinto casi todos los días y a veces más de una vez. La Mitsy era la única que tenía una de color negro que llevaba su propio nombre. No la andaba luciendo como otras y apenas la usó. Supe que la tenía porque nos tocó compartir pieza y la Mitsy era de duchas largas. No entendí muy bien la forma en que la profe Vale y las Tías repartieron las piezas, pero dijeron que era un buen momento para que nos diéramos el tiempo de conocernos con compañeras distintas a con las que nos habíamos juntado durante los últimos años.

Se notaba que habían salido hace tiempo de la escuela.

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Dorita, me dijo. Dorita despierta, quiero conversar contigo. Era la Mitsy hablandome al oido y golpeándome el hombro con la delicadeza de los que tienen el aliento pasado a cigarro y caipiriña. Era el tercer día que yo trasnochaba, pero a eso de las 3 de la madrugada me bajó un dolor de guata terrible y no paré de vomitar. Me fui a acostar para que se me pasara y ni el griterío de los pasillos me despertó. Dorita, me preguntó, ¿Te pasa algo conmigo? A tí siempre te ha pasado algo conmigo. Ahí recién me di vuelta. Me chocó la mezcla de sonrisa de año nuevo y el rimmel corrido que le llegaba hasta las mejillas. Era una fotografía diabólica. Dorita, ¿Tenís ganas de hablar? Me miró unos segundos y se acostó a mi lado. Esa noche dormimos juntas.

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Nadie había visto llorar a la Mitsy. Nadie tampoco la había visto salirse de madres. Ni cuando se cayó mientras bailaba cueca frente a la bandera para el aniversario de la escuela, ni cuando metió un autogol en un campeonato y yo me alegraba secretamente desde el banquillo. Nunca supe si no le tenía miedo al ridículo o si sabía ocultarlo muy bien. Tampoco se le notaba cuando andaba en los días. Ella siempre caminaba derechita.

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La May se sacó los sostenes y se tiró a la piscina sin que su mano soltara el vaso de vodka naranja. Un negrito que trabajaba en el hotel recogía vasos plasticos del piso mientras su colega le hablaba al oído a la Panchita. La Cami, la Rocío y la Tamara también se tiraron al agua. Tenían los ojos super rojos y estaban cagadas de risa. Después se tiró la Dani, a la que nunca habíamos visto sin polera, ni siquiera las pocas veces que como curso fuimos a la playa. La noche era calurosa y húmeda y apenas se veían estrellas en el cielo. En el celular de la Ceci se repetía la misma lista de canciones por cuarta o quinta vez. El resto conversabamos y no parabamos de echar humo. Se cruzaban miradas que duraban más de lo necesario. Yo miraba a la Mitsy impulsada por oscuras razones. Ella me correspondía. Fui al baño y me metí los dedos a la boca, sin éxito. Me mojé la cara. Me mojé la cara todo lo que pude. Regresé, atrapé a la Mitsy con mis brazos y la tiré al agua con toda mi fuerza del momento. Intentó salir a la superficie dando manotazos y mientras tragaba agua por litros pedía ayuda. Las compañeras la ayudaron a salir. Nadie dijo nada. Solo quedaron los sollozos de la Mitsy, su mirada fija sobre la mía y la voz de un cantante hablando sobre lo complicado de mantener una relación con cuatro mujeres. Tomé mi encendedor y me fui a la pieza lo más rápido que pude.

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Eran las 6 de la mañana y la Mitsy intentaba disimular sus ganas de comerse las uñas. Yo estaba a su lado y al frente la Tía Vale con una bata que me hizo pensar en su jubilación. Les queda un año en el colegio, dijo, necesito que arreglen esto aquí y ahora. La Mitsy sacó una mano de su bolsillo y se la llevó directamente a la boca como si le hubiesen dado una orden. Yo hice lo mismo con un cigarro y lo encendí. La profe Vale me quedó mirando, seria, pero le quitó importancia y siguió esperando una conversación que no llegó. Díganme qué les pasa, ustedes son unas niñas y yo también fui al colegio, no hay nada que no pueda saber.

Bien. Entonces voy a tomar cartas en el asunto, dijo.

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Pasó la gira de estudios. Pasó el cuarto medio, la graduación y nunca más se habló del tema. Pasaron las despedidas, la gala y las palabras frente al micrófono frente a gente inolvidable que al tiempo se cambia por otra gente inolvidable como quien cambia la ampolleta del living. Pasaron esas y después otras cosas de las que nunca habló, pero supe siempre conservar el recuerdo de que una vez supe poner las cosas en su lugar.

Pude poner las cosas en su lugar.

[1] Educación secundaria.
[2] Maner infantil con que las niñas y niños llaman a sus profesores durante los primeros años de estudio.
[3] Hombres.
[4] Atractiva.
[5] Que no da confianza.
[6] Aventajarse.

About Sebastián Quezada

Licenciado en Historia y audiovisualista. Chileno por azar e iquiqueño por opción, reparte su tiempo entre la docencia y la creación documental en Pelochuzo Audiovisuales, productora de la que forma parte. Tiene especial interés en la política, las ciencias sociales, el cine, la ilustración y cualquier cosa que sirva como excusa para contar y conocer buenas historias, cuestión para la que siempre tiene tiempo y que le ha permitido participar en distintos espacios de creación.

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