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En la Soledad de la Tierra

Por Eduardo Robles

― Por aquí no hay mucho qué hacer, ¿verdad?
― No, es tranquilo.

Soriano llegó a la casa hace tres días, no dijo cuánto tiempo planea quedarse. Intentamos tener una conversación normal, de primos. Pero ¿de qué podemos hablar? Hace mucho dejamos de vernos.

― Pensé que iba a estar mi tío. ¿A dónde lo mandaron?
― No nos dijo bien. Creo que Culiacán o Colima, algo así.
― ¿Todavía está en lo de los lotes?

Asiento. El sol arde bajo las plantas de los pies y el día se estanca. No puedo actuar como quisiera, sólo puedo ofrecer una plática sin rumbo. Esta vez vamos hacia el panteón. Soriano quiere ir a ver a nuestra tía.

― ¿Hasta dónde vas a la escuela? ―pregunta sin mucho interés.
― Por el centro.
― Y, ¿te gusta?
― No sé, no lo había pensado ―esperaba así zanjar el asunto, pero permanece expectante―. Creo que está bien. Lo que me da miedo es lo demás.

Coloca su mano sobre la sien, como si de pronto le doliera pensar. Por su expresión, me doy cuenta de que conoce aquella angustia.

En la calle no hay un solo coche. Algunos autobuses se detienen, baja la gente que trabaja en las bodegas de alrededor.

― ¿Ya tienes novia?
― No ―contesto a falta de una idea mejor.
― ¿No hay material en tu escuela?
― Sí, pero, no sé, son medio especiales.

Empiezo a sudar más y trato de no mirarlo a los ojos.  No puedo creer que sea un año menor que yo y sepa más del asunto.

Caminamos entre unos puestos, bajo la sombra que proyectan las lonas cuarteadas por el sol; deben ser las doce.

― Está bien que no tengas ―sonríe―. Mi última novia me denunció. Me querían detener por abuso.

Volteé a verlo. Mi reacción debió disuadirlo de dar más detalles.

― Sólo lo dijo para molestar. No pasó a mayores, pero tuve que irme de casa un tiempo.

Entramos a una avenida en pendiente con banquetas estrechas. Dejamos la plática a un lado. Pienso que, cada uno, dentro de su cabeza, tiene una conversación distinta consigo mismo. Cuando me preguntó si quería acompañarlo, no me atreví a negarme. Así que aquí estamos los dos, aunque no hallemos qué contar.

Le señalo un terregal y propongo cruzarlo para cortar camino. Mientras esquivamos vidrios y pequeños montes de basura, recuerdo algo interesante.

― Hace como un mes encontraron un cuerpo allá adelante ―señalo el extremo opuesto―. Según no era de aquí, pero lo vinieron a arrumbar.

Soriano fija la mirada en el punto: un rincón donde crece algo de hierba.

― ¿Lo viste?
― No pude acercarme mucho. Toda la colonia vino a asomarse.

Cuando sucedió, no había otro tema. De cada plática salía una teoría: el hijo o el familiar de alguien, un ratero, un narco, un policía. Incluso, compramos el periódico que sólo sale cuando hay asesinatos… Nunca supimos quién era. Quien ayudó a moverlo dijo que le habían quitado los ojos y tenía un orificio en la cabeza.

―Sólo por un momento lo tuve junto a mí. Su cuerpo brillaba, como si sudara sangre. Creí que sólo estaba cansado ―meto las manos en los bolsillos, impotente.

Imaginaba la muerte de otra forma. Quizá esperaba que de pronto se pusiera de pie y regresara a su hogar, con su familia, y entonces cada quien volvería a sus asuntos.

― ¿Era la primera vez que tenías a un muerto delante de ti?
― Sí, pero él…, era como si lo hubieran matado varias veces.

Nos desviamos en dirección al sitio del cadáver. El polvo se suspende con cada una de las pisadas.

― Yo no creo que sea capaz de algo así, de matar.
― No es difícil ―contesta Soriano.

Llegamos y se coloca en cuclillas para ver más de cerca.

― Sujetas bien el arma, para que la descarga no te tire, apuntas y ya. Es todo.

Intentar comprender aquellas palabras me hacen sentir culpa. Trato de concentrarme en los cerros al horizonte, en busca de los significados, pero me cuesta­.

― ¿En serio lo has hecho?
― Sí.
― ¿Por qué? ―pregunto con una risilla nerviosa.
― Me lo pidieron y me pagaron ―empieza a arrancar pasto del suelo―. Los llevé a las canchas que están por el fraccionamiento, donde jugábamos cuando ibas, no sé si te acuerdas ―me mira como si la imagen estuviera en mis ojos―. Les dije que se hincaran y disparé.
― ¿No sentiste nada?
― No ―hace un gesto de extrañeza―. Ellos lloraban, pero sabían que esto era así.

Una tímida briza trata de alzar el vuelo, pero el calor la sofoca antes de llegar a nosotros.

 ― ¿Ya es como tu trabajo?
― Tanto así, no. Voy empezando. Aún me falta ―lo dice con entusiasmo.
― Te agrada ―insinúo, aunque no quiero que siga.
― Pues estoy con amigos y nos cuidamos entre nosotros. Soy parte ¿sabes? Es como si tuviéramos un propósito, una
misión.
― Pero ¿no te da miedo lo que vaya a pasar?

Soriano aprieta los labios e inhala, reflexivo, como si buscara las palabras correctas a la pregunta inocente de un niño que no tiene por qué saber la verdad.

― Y ¿qué es lo que va a pasar?

Me toma por sorpresa su tono. Más que pregunta, es sentencia. No hay más que agregar.

Soriano se levanta y se sacude el polvo. Alza el rostro al cielo. Luego, permanece inmóvil por unos segundos, mirando las colinas repletas de casas.

Quería preguntarle más, quiénes eran o qué hizo después. Pero no hablamos. Dejamos el terregal y marchamos en silencio. No hay nadie a nuestro alrededor, ni una voz.

― Tengo sed.
― Acá adelante hay una tienda.

Subimos unos escalones y entramos. Él abre la puerta del refrigerador para atemperarse mientras yo me distraigo con las estanterías. No estoy seguro de querer algo, lo que necesito es ir a casa. Tomo unas galletas, pero las vuelvo a dejar en su lugar, lo mismo con unas papas. La sola idea de tener que abrir la boca me parece cansado.

A un lado del mostrador, en la esquina, un niño está totalmente absorto e inmutable ante la máquina de videojuegos. No había reparado en aquel chico hasta ahora que escucho los movimientos calculados de la palanca. Soriano toma un agua, se acerca y ambos lo observamos.

― ¿Sabes de qué me acuerdo mucho? ―paga y recoge el cambio―. Cuando estábamos así, todo el día en el Play.

Salimos y da un trago a la botella, luego me la pasa.

― Como no teníamos memoria, había que terminar el disco en un día o dejarlo prendido ―su sonrisa es la misma de años atrás, casi lo reconozco―. Una vez estábamos por terminar Medal of Honor, pero no podíamos con los soldados con armaduras medievales; siempre nos acorralaban. Estuvimos desde las seis de la mañana hasta las dos de la madrugada, pero bajaron y nos apagaron la consola ―cruzamos la calle y Soriano, de pronto, comienza a reírse―. Estabas tan mal que, esa noche, te levantaste sonámbulo. Yo te moví, te jalé, te gritaba que no bajaras. Y sólo contestaste: “Ya sé cómo matarlos”.

Contengo la carcajada como puedo, pero termina por salir. Soriano casi no puede mantenerse en pie y me toma de los hombros mientras intenta respirar. Siento, por un instante, como si fuéramos los mismos. Las cosas no eran tan inmensas ni difíciles.

Al llegar al panteón, Soriano le encarga a una persona de intendencia botes con agua y una escoba. El lugar suele estar vacío entre semana: los empleados se sientan a descansar sobre las losas, la basura se acumula entre las lápidas y el silencio hace que dé más calor. De vez en cuando vemos a un visitante deambular, detenerse frente una lápida y persignarse. Es difícil creer que bajo cada cruz hay un cuerpo.

Delante de la tumba de nuestra tía, Soriano confiesa.

― Tengo miedo.

Cuando éramos pequeños, peleábamos mucho: nos decíamos groserías sin saber su sentido y nos jalábamos del cabello. En una ocasión, me golpeé yo solo la cabeza y empecé a llorar. Subieron nuestros padres y acusé a Soriano, y él, a su vez, me acusó de decir “puto”. Nos regañaron a ambos, nos estábamos llevando, así era esto. Al poco rato, con lágrimas aún en el rostro, me enseñó un paquete de cohetes que tenía escondido y salimos a prenderlos en la noche.

― Todo va a estar bien.

El señor regresa con las cosas y nos deja a nuestra suerte, en la soledad de la tierra. Soriano moja el cepillo dentro de la cubeta, después se arrodilla y, con cierta cadencia, aparta el polvo de la sepultura.

Eduardo Robles.

(Ciudad de México, 1994.) Egresado de la licenciatura en Derechos Humanos y Gestión de Paz de la Universidad del Claustro de Sor Juana, y asisto al taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes desde 2016.

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