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El Precio de Querer Volar: apuntes sobre ‘Serata’, de Marcelo Pellegrini

Por Leandro Hernández Gómez

Debo confesar que no ha sido fácil preparar un texto sobre Serata. Lo llevo leyendo y releyendo desde hace varias semanas y lo que me ha ocurrido es bien singular. La primera lectura me dejó bastante inquieto y por varias razones. Les cuento: me sorprendió el uso de la rima en los primeros textos, la corrección de los versos, de su métrica. Luego, a medida que avanzaba en la lectura, me encontré con una serie de referencias que me parecieron señales dejadas por el poeta para seguir un camino de migas que me podría llevar a un espacio que no fuera una casa de galleta y caramelos: el amor cortés que los trovadores provenzales iniciaran a partir del siglo XII; la tierra baldía y la leyenda del Rey Pescador; la noche oscura de San Juan de la Cruz. En definitiva, creí ver una erótica y una mística, especialmente por la permanente contemplación que se percibe como oficio poético: “Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido”.

En cambio, a partir de la segunda y tercera lecturas me entró la duda de que tal vez no fueran señales las que dejaba el poeta sino señuelos, cebos o cazabobos. Entonces me sentí como un chinook viejo que cae y muerde el anzuelo a pesar de toda  la supuesta experiencia que da la migración por el río Yukón  de la literatura. Y, así, me vi cazado por Serata justo cuando creí que iba tan alto tan alto que le daba a la caza alcance.

De este modo, y luego de toda esta introducción que tiene más cara de ser una serie de excusas, creo que una manera de acceder a esta plaquette de Marcelo Pellegrini puede ser a través del entendido de que ésta se abre y se cierra como un espacio literario, tal como lo entiende Blanchot en su famoso ensayo.

En el capítulo dedicado a la obra y la comunicación, el autor francés se refiere a lo que es la lectura de la obra poética y dice que “leer, en el sentido literario, ni siquiera es un puro movimiento de comprensión, el conocimiento que mantendría el sentido liberándolo. Leer se sitúa más allá o más acá de la comprensión.” Y luego agrega una imagen que me parece muy adecuada para acercarse o alejarse a Serata, “La lectura no es un ángel volando en torno a la esfera de la obra, haciéndola girar con sus pies alados. No es la mirada que desde afuera, detrás de un vidrio, percibe lo que sucede en el interior de un mundo extraño. Está vinculada a la vida de la obra y presente en todos sus momentos, es uno de ellos y es alternativa y simultáneamente cada uno de ellos…”

A partir de esto último me permito volver, en una lectura que pretende ser literaria, a los primeros cebos que mordí como lector. Quisiera detenerme un momento en el tema del amor que inaugura el conjunto. Si es que hay referencias a la poesía provenzal y su amor cortés, distingo que el erotismo que se despliega aparece despojado de la idealización del ser amado y de la posición de vasallaje del amante, tan propio de esta vertiente, que finalmente lo eleva e ilumina. El amor loco nos aniquila. Nos arranca de la cotidianidad y nos arrastra hasta que desaparecemos, nos borramos, nos tarjamos del mundo. Si fuera amor cortés, estaríamos ante el subgénero  alba, aunque el texto se titule Serata, y el poema “Los delatores” podría ser leído también como una referencia a uno de los personajes convencionales del subgénero: los lauzengiers, aquellos testigos y alcahuetes del marido celoso.

Creo que es posible también decir que otro de los temas (o cebos) que cruza Serata es el referido al oficio mismo de poeta y en ese sentido se distingue la serenidad del atardecer, o lo ominoso de la noche que en el caso de esta plaquette “nos trata mal”. El poeta desarrolla una poética de la contemplación y contemplar es una manera de actuar y de fracasar. La contemplación de la belleza que no está exenta de violencias, la natural y la humana. Otro gran señuelo es el texto “Tormenta” y que hace que muerda el cebo del Sturm und Drang, “tormenta e ímpetu” que prefigura una de las cumbres estéticas de la Modernidad: el romanticismo, ese momento luciferino, Octavo Paz dixit, en que pareciera en que todo se remece y el lucero del alba ilumina y enciende la cultura. Pero no olvidemos que esta plaquette se llama Serata y no mattinata.

El último resplandor luciferino de Occidente, según el propio Paz, es el proyecto vanguardista, que como todo el mundo sabe  puede sintetizarse en igualar el arte con la vida o, dicho de otro y del mismo modo, vivir artísticamente. Todos sabemos, además, que este proyecto fracasa y termina en el museo y en el mercado. A partir de esto cabe preguntarse ¿qué espacio tiene la poesía y el poeta y el lector de poesía en un mundo posterior al fracaso? ¿Qué sentido tiene  la obra poética hoy por hoy? Me da la impresión que Serata, de alguna manera, es un esbozo de respuesta a estas preguntas.

Retorno a Blanchot que en su ensayo mencionado anteriormente establece una interesante relación: “El poema es el exilio, y el poeta que le pertenece, pertenece a la insatisfacción del exilio, está siempre fuera de sí mismo, fuera de su lugar natal, pertenece al extranjero, es lo que es el afuera sin intimidad y sin límite (…) Este exilio que es el poema hace del poeta el errante, el siempre extraviado, aquel que está privado de la presencia firme y la residencia verdadera…”

Así, se puede sostener que el o los poetas que aparecen y desaparecen en Serata de Marcelo Pellegrini, el o los sujetos líricos que se solidifican y disuelven en esta plaquette no hacen más que dar cuenta de lo evidente: que no existe “sino pura soledad embancada en la zozobra”.

¿Qué es, entonces,  vivir? Vivir es ir a la guerra, es cruzar el canal de Chacao a nado, o es también adentrarse en la noche oscura de San Juan de la Cruz. O sea, vivir es actuar, pero también pensar, contemplar, leer. No por nada, Borges se imaginó el paraíso como una Biblioteca. La vida, pareciera decirnos Serata, es pagar el precio por querer volar.

Leandro Hernández Gómez

(Osorno, 1970). Profesor de Castellano del ex Pedagógico. Sus primeros textos aparecieron en la publicación colectiva ‘Maestranza. Antología Incompleta’ (Roneo 750 Ediciones, 1995). Ha publicado ‘Umo’ (Das Kapital, 2010), ‘Pato Nietzsche’ (Andesgraund, 2013), Maicillo/Sauló, Das Kapital, 2014) y ‘Ovejería’ (Das Kapital, 2015). Actualmente reside en Santiago.

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