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Antes de que nos olviden

Allá, allá lejos;
donde habite el olvido.
Luis Cernuda

Nací en el 75, como Joey Jordison, el baterista de Slipknot que usa máscaras de Jesús ensangrentado. Ese mismo año, muy lejos, en Hungría, un arquitecto británico patentaba el cubo de Rubik.  Era un verano luminoso el que me daba el parabién a la Cámara de los Dolores, en Zihuatanejo de Azueta, Guerrero. La casa de mis padres estaba construida de adobe sólido, contaba con cuatro habitaciones y un huerto en la parte trasera, lugar en donde se encontraba también el taller de carpintería de papá, en donde aprendí a mirarme la sangre de los dedos. Mamá era partera —o comadrona—, la famosa partera del pueblo. Poseía conocimientos sobre hierbas y brebajes, los empleaba para aliviar el dolor en el parto, ponía remedios a enfermedades propias de las indígenas y aconsejaba sobre medidas abortivas. Cuando era pequeño, las mujeres corrían a avisarle a mamá al comenzar las contracciones, e incluso permanecían en nuestra casa hasta el nacimiento de la criaturilla. En ocasiones —si el periodo de dilatación se alargaba— las hembras comían con la familia y se quedaban a dormir. Después, durante los primeros días del puerperio, mamá atendía a la mujer y al recién nacido, hasta la caída del ombligo. Vi nacer a muchos en casa, incluso los vi palmarla, eso era espantoso para mí, ¡horripilante!, hubiera preferido creer en aquel mito tonto de las cigüeñas o los marabús, los pueblos germánicos creían que las cigüeñas eran las enviadas de los dioses y las veneraban como pájaros sagrados. Historia contada en Alemania a los niños preguntones, se basaba en que estas aves traían en su pico a los bebés en pañales. Pero no, tuve que presenciar decenas de partos, escuchar los gritos de las madres, de los críos al salir, o el llanto de impotencia en las mujeres cuando algo salía mal. Vi cuerpecillos de bebés muertos en camastros, morados, blanquecinos, otros con un color perfecto de vida, como si respiraran, o estuvieran durmiendo, pero la realidad era que estaban muertos, y estaban muertos en mi casa, donde yo pretendía ser niño, donde yo pretendía la inocencia, una inocencia que la muerte y el llanto se fueron llevando lentamente de mi vida.

Solía jugar en los arroyos como El Real, Zapote, San Miguelito, Lagunillas y el Río Pantla, en la antigua Cihuatlán. En donde existe un estero grande de manglares que conecta con el océano, desde donde podíamos observar a los cocodrilos, hambrientos y furibundos. En las playas Linda y Pantla avisábamos el acercamiento de las ballenas, pero sobre todo, el rebosar de los tiburones, en su mayoría escualos. Había que tener huevos muy grandes y peludos para meterse en esas aguas. Recuerdo que cuando tenía diez años, un turista estadounidense y un morro del pueblo fueron atacados por tiburones, mientras que otro bañista había resultado herido y un nene —que seguramente había nacido en mi casa— se encontraba desaparecido por la misma razón, y lo peor, todo había sucedido el mismo día. Las playas Linda y Pantla eran nuestra válvula, nuestro autocinema, en donde el mar, los tiburones y los bañistas pendejos, eran los personajes de una película sangrienta que bien podía haber sido escrita por el mismísimo Peter Benchley. Por esos años (1990), un querido amigo surfer también fue cruelmente asesinado por los escualos; unos pescadores le dijeron que habían visto a los tiburones, y mejor se regresó; pero un viernes otra vez se fue a la playa, y ya no regresó con vida. Sólo encontraron una pierna.

Llegué tarde al mundillo del rock en Zihuatanejo de los olores hediondos, pero en esa época, cuando apenas estaba conociendo a la chaqueta, El Jim me prestó un disco revelación en mi vida. Ver por primera vez esa portada pintada por Don Brautigam, en la que se presenta un cementerio lleno de cruces blancas atadas con cuerdas que van hacia arriba, afirmadas por dos manos, en un cielo rojizo que simula sangre, fue una gran excitación, como para sacar mecos toda la noche. Con ocho canciones y casi una hora de duración, Metallica lanzaba el registro que los elevaría a la fama y reconocimiento, pues a partir de este momento dejaron de ser underground. Sus ocho canciones conforman una mirada profunda y visceral a la manipulación en todas sus formas. Fue el disco que me desvirgó, el que logró emancipar al pop de Raúl Del Asco de mis cochinos oídos, el que me acorraló y me transgredió, me hizo convertirme en esta criatura llena de tormento que ahora soy, una criatura ofuscada por los riffs y las baterías embrujadas, escandalosas. Mi vida no fue la misma después de que, en el tornamesa de mi casa, el disco de Metallica, llegara a su fin. ¿Dices que es demasiado ruidoso? Tiene que ser ruidoso. Se supone que lo tienes que sentir por todas partes”, decía un lozano James Hetfield; y yo lo sentía apoderarse de mis entrañas, mis sentidos, mis emociones, hasta explotar en una adolescencia energúmena.

En esa adolescencia sosegada por el Metal conocí también la pata, aprendí a echar aceite, a ponerle carnita al tamal, a gratinar el mollete, a matar la rata a palos, a ponerle Jorge al niño. Lo hacía con bellas bañistas, a cielo razo, a playa virgen, a pelotas abiertas. Bañistas guerrerenses hermosamente bronceadas por el Sol, nalgas doradas que brillaban por la noche o se estilaban en sudor por las mañanas, pezones oscuros, caderas rebosantes de curvas como carreteras aledañas de un pueblo cachondo; cabelleras negras, azabaches, profundas como el orificio trasero. O bellas gringas pendejas, que no sabían ni pito de español, pero sí de lo otro; les encantaba el cum, el culto al falo prieto, al plátano macho sureño, al oral sex y el final feliz en la carita llena de pecas. ¡Ah pinches gringas enfermas!, tan alejadas de Dios y tan cerca del palo indígena. Ahí mismo conocí a Reyna, mi primera novia y quien se convertiría, para desgracia de ella, en mi esposa. Pero el hombre y la mujer han nacido para cogerse, no para vivir juntos. Los amantes célebres de la historia vivieron siempre como perros y gatos, ¿o cómo era, Noel Clarasó?

Escribo esto para la posteridad, enclaustrado, sin hambre, sin toro, sin visitas. Escribo quizás para mis hijos, para un lector enfermo en busca de “aventuras”, como en las caricaturas de Rico McPato, en busca de un cinismo ajeno. Fui un niño cabrón, y un adulto que infringió la ley en todas su modalidades posibles, para qué les voy a mentir, bola de cabrones, sólo no se pongan juiciosos, recréense, ya ven que luego hay velas que lo alumbran todo, menos su propio candelabro, como diría el putito de Hebbel. Legué al narco por linaje: mi jefe era uno de los grandes narcotes de la zona, y antes de que nos olviden, le pongo rec a la fucking grabadora:

Uno de mis primeros encuentros con eso que es El Narco, fue prácticamente un acto familiar, o sea, en mi casa empecé a ver cómo mi papá se iba a Estados Unidos y prácticamente las estancias de él eran muy cortas, o sea, de quince días o un mes y regresaba para atrás, con dólares en la bolsa y juguetes y televisores pequeños para mí, y videojuegos y todo ese tipo de cosa.  Entonces, yo no lograba asimilar exactamente qué era lo que estaba pasando, por qué, porque a veces un niño no logra ver la verdadera substancia de las cosas, pero… las visitas constantes de gente desconocida, de gente de Sinaloa, en la casa, empecé a ver que, ¡wow!, o sea, qué hacen aquí. Como tenía un hermano que yo sabía también era narcotraficante y esas juntas entre mi papá y mi hermano en la casa, platicas, y de repente empecé a ver cómo  mi papá, como era un maestro de la ebanistería y la carpintería, un artesano, pues, simplemente y sencillamente tenía proyectos ahí de meses dados al olvido porque él no estaba trabajando en esos proyectos y estaba inmiscuido en otro tipo de situaciones. Y yo decía, qué, qué es lo que hace, empezaba a ver cómo le comenzaba a dar forma a ciertas cosas; como por ejemplo aquella mítica vez cuando lo vi darle forma a un tronco, un tronco de un árbol, prácticamente dándole forma a un tronco natural, haciéndole un doble fondo para ocultar droga, ahí fue mi primer encuentro con ese otro mundo, ahí fue cuando me di cuenta de que mi papá era un narcotraficante.

Yo no elegí haber nacido en la cunda del narco, no lo elegí, yo nací ahí sin tener capacidad de elección. Crecí en ese ambiente y por lo tanto formó mi persona. Fue lo que yo quise ser. Punto.

Fin de la grabación…

About Mixar López

Narrador, cronista y periodista musical. Colaborador de las revistas Operación Marte, El Fanzine, Fanatika, Melo Magazine, Radar Magazine, I Noticia, Letras Explícitas y Quarter Rock Press. Desde hace tres años vive en Des Moines, Iowa, Estados Unidos. Sus intereses varían desde la música, las series de Tv, la literatura y el periodismo Verité o periodismo Gonzo. Su filosofía de escritura creativa es ir a la yugular de la experiencia y estar atento a pensamientos capaces de penetrar la realidad. Vive afanado en hallar verdades y tan pronto como considera que ha dado con alguna, siente el vivo deseo de comunicarla a otros: entonces surgirá la escritura. En la actualidad, prepara su primer libro de crónicas, 'Prosopopeya: La voz del encierro'.

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