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Al maestro, con cariño

No me ocurre a menudo, pero esto lo recuerdo todavía como si fuera ayer. La primera vez que leí a Luis Loayza fue en la universidad, mas no en sus aulas, sino fuera de ellas, como sucede con los libros que llegan de la nada destinados a desbaratar nuestras acomodadas existencias. La Facultad de Letras decidió suspender las clases una semana para celebrar los 50 años de la Generación del 50, la fabulosa camada de escritores, poetas, pintores, académicos y ensayistas que modernizaron la literatura peruana y la despojaron de esa mirada costumbrista, conciliadora y decimonónica que nos impedía formar parte del siglo XX con propiedad. Fueron muchos sus integrantes, pero los nombres que realmente brillaron son Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Blanca Varela, Jorge Eduardo Eielson, Fernando de Szyszlo, Carlos Germán Belli y, entre ellos, el más conspicuo de todos: Luis Loayza y Elías, “el borgiano de Petit Thouars”, como lo llamó Vargas Llosa en sus memorias El pez en el agua y a quien dedicó su magnífica Conversación en La Catedral.

Se contempló como parte de las celebraciones un gran coloquio (los profesores apelaron a la infalible táctica pedagógica por la cual la nota final de sus cursos dependía de la asistencia), en cuya sesión de apertura se obsequiaba un pequeño libro a los asistentes. Fue así como cayó en mis manos uno de los contados títulos que cambiaron mi vida: El avaro (1955), un bellísimo conjunto de nueve microrrelatos que no llegaba a la treintena de páginas, ni aun con el extenso prólogo que incluía. Lo devoré allí mismo, en el auditorio, mientras el público todavía buscaba el mejor sitio posible. He olvidado de lo que se habló ese día, solo sé que al término de la primera mesa redonda fui por más ejemplares, tenía la sensación de que ese librito escondía más cosas que trascendían su delgadez y la pulcritud con la que está escrito. Cuando se trata de libros no creo en el amor a primera vista, sino en el disparo que te vuela la cabeza. A quemarropa. Por eso, cuando salí del auditorio, lo que en verdad buscaba eran más balas de ese calibre para repartirlas entre mis amigos. ¡Estaba pletórico!

Mi fascinación fue in crescendo y en poco tiempo me había hecho con su escasa bibliografía (son apenas seis los títulos publicados), muy difícil de compilar, cierto, pero fue una época de felices hallazgos. La exquisitez de sus ensayos me abrieron los ojos de par en par y perfilaron mis gustos en muchos sentidos, pues cuando leemos a Loayza descubrimos que el estilo es una peligrosa daga de doble filo. Esa fue la primera enseñanza: la real importancia del saber decir y, sobre todo, cómo decirlo. Parece obvio, pero no es así; ni siquiera es una cualidad que un escritor domine con facilidad, ya que implica mucho autocontrol y honestidad, algo que choca siempre con nuestros egos de gatillo fácil, propensos a los elogios amicales y a las condenas gratuitas. Otra fue que la información debe estar bien organizada y concatenada, y que la lucidez al analizar un texto es clave, además, para lograr este cometido. Escribir, en pocas palabras, es como tejer para una araña: se necesita mucha paciencia y arte hasta que el nido quede fuerte y envolvente para que atrape al lector mientras su curiosidad aún revolotea entre las páginas. Hay más cosas, desde luego, la fórmula es compleja; por desgracia, mis modelos académicos profesaban, involuntariamente, lo contrario.

Durante la carrera, la frecuencia con que leíamos análisis filosóficos o estudios literarios se incrementaba a raudales. La dinámica se había vuelto asaz absurda, ya no cabían novelas ni poesía, sino que ocupábamos el semestre atragantándonos con herméticas teorías y con libros que explicaban aquellas teorías, o con libros que explicaban los libros que explicaban aquellas teorías… y así ad infinitum. El problema de esos vomitivos compendios solía ser el mismo: estaban muy mal escritos. Su redacción resultaba inconexa y carente de fantasía, había más preocupación por acuñar neologismos y por el masivo uso de jerga literaria que por dar a entender un tema y camelar al lector. Esas páginas eran una tortura y una clara demostración de cómo no se debe escribir. Al final, dichos métodos eran un ejercicio de presunción y de pésimo gusto —si bien algunos contenidos resultaran interesantes—, pues lo que conseguían era ofrecer una visión bastante reducida y sectaria de lo que es en realidad la literatura.

Libre de ello, la refinada prosa de Loayza deslumbra por su sencillez y fineza, por ese rarísimo don de dar con la palabra exacta, repeliendo cualquier redundancia y barroquismo fuera de lugar. Las impresiones que guardo de las lecturas de esa época se asemejan a la moraleja de la fábula del viento y el sol: “Gana más el ingenio que la fuerza”. En tal sentido, no ha habido ni un solo libro de teoría ni un ensayo interpretativo, por más reveladora y densa que fuera su carga cognitiva, capaz de obnubilar mi predilección por la sutileza de la pluma de Loayza. Un rotundo ejemplo es su ensayo “Sobre el Ulises”, incluido en Libros extraños (2000), en el que logra ofrecer inéditos puntos de vista dentro de ese asfixiante dédalo de interpretaciones que enrarecen la novela de Joyce. Lo plausible es el elegante modo en el que está redactado, un poco como aquellos buenos vinos que entran suave y, mientras nos recorren el cuerpo, nos producen una intensa combustión en las entrañas.

Su obra narrativa, compuesta, entre otras, por la novela Una piel de serpiente (1964) y el volumen de cuentos Otras tardes (1985), me resultaba también adictiva. No obstante, El avaro mantenía intacto su efecto hipnótico sobre los demás. Decidí, por tanto, hacer la tesis sobre él y así obtener un práctico beneficio de esta obsesión: un inane título universitario. Fue entonces cuando conocí gente que mantenía contacto con Luis Loayza y empecé a tener mayor conocimiento de su personalidad. Sabía que siempre se mostró renuente a conceder entrevistas o a participar en congresos y encuentros de escritores. Loayza vivía la literatura como un vano oficio a cuyo llamado respondía cuando le apetecía, o cuando creía que tenía algo que decir (esta fue otra de sus grandes lecciones). Era la antípoda perfecta de Mario Vargas Llosa, su gran amigo de juventud, a quien rebautizó como el “Sartrecillo Valiente”, riéndose un poco de su ciego compromiso político y literario. Ambos, junto a Abelardo Oquendo, “el Delfín” (he aquí otra vez el ingenio de Loayza) formaron la revista Literatura, que llegó dignamente hasta el tercer número. Era un personaje consecuente con su silencio y con su particular manera de entender y vivir la literatura. Yo estaba anonadado y decidí escalar ese alto muro que lo alejaba de los demás. Me propuse conocerlo.

Contra todo pronóstico, no fue difícil contactarlo. Supe que vivía en Francia y que no usaba correo electrónico. Empezamos, entonces, un breve intercambio epistolar y hasta cumplí un viejo sueño: me permitió publicar El avaro en la revista Ginebra Magnolia, en homenaje a los 50 años de su aparición. Sin embargo, mi idea era verlo en persona, hablar con él, apretarle la mano y tomar un café guardando silencio entre sorbo y sorbo. Nunca lo hice, pese a las diversas oportunidades que tuve; jamás le propuse un encuentro. A esas alturas, yo residía en Barcelona y era más fácil viajar a París, pero eso hubiera sido decisivo. Loayza era para mí muchos Loayzas. Ya no era un escritor, sino todos los escritores. No hubo manera de hacerme reconsiderarlo, incluso cuando estuve en París muchos me animaron a presentarme en su casa sin avisar. Nunca lo hice, hubiera sido atentar contra esa feble confianza que alguna vez nos unió. Prefería quedarme con mi propia idea sobre Luis Loayza, era lo mejor para ambos. Y no me he arrepentido; de hecho, fue solo así como pude hacer las paces con todas esas encontradas emociones y pude acabar por fin con la tesis.

Me enteré de su fallecimiento a la mañana siguiente de que tuviera lugar y me sentí extrañamente afectado. Tocado. Durante varios días mi humor fue bastante volátil, me veía a mí mismo perdido. A lo largo de mi vida he tenido profesores, mentores, tutores, pero jamás un maestro. Considero que Loayza fue lo más cercano que tuve a un maestro, tal vez porque la distancia que este guarda con un aprendiz se asemeja a la que él mantuvo con sus lectores y seguidores, y también conmigo. Sus enseñanzas se dieron a través del silencio, a través de la inquebrantable fidelidad hacia sus propias convicciones. Su integridad es el mayor legado para mí. La gran ironía es que cada vez que reflexiono sobre ello me siento como el narrador de “Palabras del discípulo”, el primer relato de El avaro: “Pero hay algo que pienso siempre: mi maestro me dijo que en mí, su devoto discípulo, en mí, nacido para escucharle, su lección sería efímera”. Y creo que no le falta razón, siempre fue un visionario.

Reinhard Huaman Mori
Eivissa, 17.III.2018

About Reinhard Huamán Mori

Ha publicado los poemarios el Árbol (2007), así como fragmentos de Fuego (2010) y la plaquette de poesía Ella (12 secuencias) Isabel Archer (2015). Fue director de la revista de literatura Ginebra Magnolia. Actualmente, reside en Ibiza.

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