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Expediciones Narrativas I

A Cada Cerdo le llega su San Martín

Sale de su casa con una sudadera grande, con la capucha puesta sobre la cabeza para resguardarse del frío. Parece una especie de monje gordo. Camina hacia la esquina y le parece que todos están de acuerdo y, a la vez, que nadie, ni siquiera los que están ahí, puede hacer algo para evitarlo. Es la hora en la que sale siempre para comprar las cosas de la escuela. Sabe que se lo van a madrear, tanto que, como siempre que alguien le canta un tiro, asoma su cara de susto, pálida, pálida, y camina como pendejo, medio tropezando hacia la esquina donde se junta la banda. Lo de menos es que lo pasen por tres, como de costumbre hacen con cualquier niño de casa que asoma su jeta rosada por esos rincones de la colonia: tres madrazos al gusto de quien invita, para cada uno de los compas; a veces eran puñetazos en el hombro, otras, codazos en la espalda, todo menos cachetadas, rasguños y pellizcos, que eso, dicen, es de putos. Este día sale medio pasmado; ahí está el Gigante, el más gandalla, esperando algo. Alfredo aprieta el paso, quiere pasar sin ser visto y se le frunce el alma. Hace unos días atropelló al perro del Gigante con la bicicleta y le estropeó dos patas. Tuvieron que sacrificarlo. Antes de dar vuelta, el gandalla le llama:

     —Ándele, putito, a usted lo estaba esperando.

     Alfredo se medio ríe y lo saluda con cara de borrego a punto de ser destazado.

     Empiezan a llegar todos. Es justo el medio día. A esa hora rondan los que no estudian, ni trabajan, o vuelven temprano del jale. En la esquina ya están Necho, el Pinpón, Chava, Ismael, Johnny y los gemelos, David y Chucho; cabulean, como siempre, pero al Gigante nomás David le responde.

    Este día los de la secundaria salen temprano por el temblor; ya pasan por la esquina donde se juntan. Todos están atentos a la pelea del año de la cuadra. Alfredo sabe que le llaman “pelea” por decir algo, eso tiene más bien aires de pena capital y, para colmo, empieza a tronar y chispear. Luego pasa Alfredo y empieza el show. Casi al mismo tiempo todos se abren en círculo y se juntan hacia donde el Gigante mide los pasos de su víctima; levanta las manos mientras se acerca:

   —Órale, putín, ‘orita me vas a pagar mi perro si no quieres que te parta tu madre  —le dice pendulando los brazos, ligeramente flexionados bajo la cintura, y Alfredo se pone más colorado que el culo de un mandril; luego, su piel rosada se enfría y se pone blanca.

     —Mi papá te lo va a pagar —agacha la cabeza y habla con los dientes apretados.

     El primer trancazo puede ser más que suficiente. Alfredo no sabe más que hacerse el niño bueno y no pelea. La lluvia ya está entrada y en la colonia, cuando llueve, huele a hierba mojada por la cercanía del cerro, un sitio lleno de maleza y magueyes. Alfredo ya está en el suelo, desinflado con una mano en la panza y la otra en la acera, los ojos apretados y su palidez colorándose del pinche esfuerzo que le cuesta no caer. Ahí mismo vuela el pie del Gigante y da en el rostro de Alfredo, haciéndolo quedar boca arriba en la banqueta; el valentón gigante se le encima con las rodillas, sujetando sus brazos y lo coge a trompadas. La cosa podría quedar ahí, con la cara de Alfredo deformada, los pómulos hinchados, alguna rajadita en la ceja, unas puntadas con el doctor… pero sin saber cómo ni cómo no, una piedra da en la cabeza del Gigante permitiendo que Alfredo se zafe y suelte el golpe más absurdo que se haya visto. De reojo, Alfredo mira que ha sido David, pero sólo logró que, entre la piedra y el puñetazo-caricia que soltó Alfredo, la fiera se mirase más encabronada. Alfredo va del blanco al rojo de nuevo. El gandalla vuelve la vista a la gente que se acerca, cierra más el círculo alrededor de ellos y el Gigante tiene los ojos como diablo, entre rojos y vacíos. Las miradas caen sobre Alfredo, esperando acaso presenciar la humillación más encarnizada de sus vidas; Alfredo siente todo esa tormenta de miradas como agujas sobre su cráneo, sobre sus costillas, como si todas ellas estuvieran esperando algo, una acción, Alfredo no sabe cuál. Una segunda piedra lo derriba y Alfredo, sin titubear, empuja con un pie el culo del Gigante; éste cae y resuena en el agua quedando hincado, con el rostro clavado justo en la orilla de la acera. Sin dudarlo, sin detenerse un minuto y con las manos temblorosas, empuñadas como si sacase un impulso de valor de no sabe dónde, Alfredo brinca sobre la cabeza del Gigante y cae colocando su talón derecho sobre el cráneo dispuesto del vago. Un crujido suena entonces. Todos miran incrédulos. Las miradas ven ahora fascinadas a Alfredo y se siente, por un momento, el centro de un evento indescriptible, de un ritual. Las cabezas parecen una sola y un extraño vapor se eleva desde el asfalto mojado. El miedo vuelve de nuevo a Alfredo y su rostro se torna pálido. Ésta vez sí que la cagó, piensa. Paralizado a orillas de la calle, al niño de jeta rosada se empapa con las manos colgando bajo su cintura. Los vecinos salen de la casa, alguien grita. Llega la policía. De a poco la gente vuelve a sus casas y el barrio queda hundido en el silencio.

About Abel Romero

(Tecámac, Estado de México en 1984.) Estudió las licenciaturas en Derecho (Universidad del Valle de México), Letras Hispánicas y la Especialización en Literatura Mexicana (Universidad Autónoma Metropolitana). Ha participado con poemas, ensayos y traducciones en las revistas Clarimonda, La Piedra, Los bastardos de la uva, Viaje inmóvil, La Soldadera, WAM (Argentina), Tercera Vía y Círculo de poesía y en las antologías Entre el crepúsculo y el alba y En el borde I. En 2014 publicó el poemario Luminiesencias con Gorrión Editorial. Actualmente coordina un taller filosófico, uno de creación literaria y colabora en la eterna gestación de la revista Viaje Inmóvil. Este año publicará su segundo poemario, 'La luz que sobrevive', con Gorrión Edtorial.

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