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Se Trata de la Vida

por Hugo César Moreno Hernández

El abandono es una constante entre los panes y los pescados. Sucede en el momento en que estamos por dar bocado. La mesa queda fría, el silencio y la tristeza tornan aderezos para los segundos escurriendo lento entre las sillas, entre las piernas, desde los ojos. Los padres se van, las madres se van. Algunos padres se van con ese dejo que tiene la retirada de abandono. Otros se van con la mueca indescriptible de la muerte. Muerte y abandono son gestos inefables. Se parecen. Describirlos es complicado, quizá imposible. Entre muerte y abandono está el acto, el acontecimiento, la mirada al abismo devuelta. Aldo Rosales no pretende la descripción de estos actos, muerte y abandono se le aparecen como palabras que, en realidad, son apenas puntuaciones o indicaciones sobre un acto. Señalamientos. Ahí sucede o sucedió algo, algo indecible, no por tremendo, no por el estruendo, todo lo contrario. Algo sucede entre estos panes y pescados y Aldo lo cuenta con el candor de la melancolía sabor a herrumbre. Entre la muerte y el abandono el tiempo se expande en la enormidad de la pequeñez de personajes que recuerdan el rostro del padre cuando se miran al espejo, en niños enfermos y abuelos. Perros, autos y oraciones llenan estos cuentos breves para ocultarnos el acontecimiento. El acontecimiento cotidiano que nos hará recordar el momento y, sin embargo, se abotagará en la lengua, ahogándonos.

Es en el día a día cuando la vida da paso a la muerte danzando leves saltitos entre sístole y diástole. La vida cotidiana, cuando acompañamos a la madre a comprar pan o cuando ese pan ha endurecido y se ablanda con café caliente sin azúcar, la misma que lleva la mosca en las patas antes de ser devorada por la araña, desdeñosa del azúcar, porque las arañas no comen azúcar, o dejarían de ser arañas. El acontecimiento de un cadáver en un hospital. El acontecimiento del hastío, la soledad y la tristeza. Eso que nos pasa todos los días y, a veces, no puede ser narrado en la oficina, no puede ser descongelado del corazón lloviendo sangre.

Es posible que estos panes y pescados sean más una novela de la cotidianidad que una colección de cuentos. Posible, pero incomprobable. Cada cuento resulta la viñeta de la historieta bendita de la existencia. No nos confundamos, las bendiciones son tanto o más pesadas que las maldiciones. Eso lo sabe Aldo Rosales y recuadro tras recuadro dibuja los tormentos más diminutos para dejarnos percibir la exactitud de nuestro tamaño. Quien haya leído las peripecias luchísticas de Aldo, mejor dicho, quien sólo haya leído los relatos sobre peleadores de Aldo, no quedará defraudado. Porque si bien aquí no hay máscaras, cuadriláteros, llaves, guantes de box o sparrings, cada viñeta lleva entre sus líneas, tintas y diálogos el espíritu de la lucha. Puede sonar a chiste, a viejo adagio de abuelas, pero está presente y es irresistible descubrir su aroma y afrontarlo con la propia vida: se trata de la lucha por vivir, incluso de pelear contra el estar vivo, contra el cansancio de estar vivo, contra el deseo de abandonarnos a la muerte.

Desde que tuve la fortuna de leer a Aldo, no recuerdo bien, quizá allá por 2012 o 2013, sus cuentos, sobre todo los breves, me llenaban la boca con un sabor a centavo, como a resaca, un sabor a tristeza delicioso. Aldo tiene una habilidad increíble para hacer de un hecho nimio una historia que, a pesar de mantener sus dimensiones existenciales en la realidad, logra trascender como literatura. Me recuerda a Carver, sin que él haya jugado a ser Carver y sin que llegue imitarlo. Digo esto debido a la capacidad para llenar la cotidianidad de belleza sin regodearse en crapulencias. Quizá sólo un viajero diario entre el Estado de México y la Ciudad de México sea capaz de abrir los ojos hacia un perro y entender que el vigilante del supermercado por donde medra el can no tendrá mayor empacho para bautizarlo como Huesos. Y sólo un viajero cómo él entiende los límites de la lealtad entre un vigilante de supermercado y un perro llamado Huesos. Y sólo alguien sometido a la transgresión fugaz de fronteras invisibles sabe reconocer en la fealdad y la maldad la presencia de la vida. Y quien reconoce la presencia de la vida en las pequeñas cosas, sabe que la vida es amoral y se convierte en un observador válido para describir esas pequeñas cosas elevadas al arte. Creo que eso hacía Carver con sus herramientas y, dicen, su editor. Creo que eso logra Aldo Rosales: dejarnos ver de manera descarnada, pero sin aspavientos, la belleza de la amoralidad de la vida.

Hugo César Moreno Hernández

Ciudad de México, 1978. | Es autor de los libros de cuentos “Cuentos cortos para acortar el domingo”, “Cuentos porno para apornar la semana”, “Enseres de supervivencia” “Siete puercos mal contados” y “Desnudo de cuento entero”, así como de las novelas “Wences” y “Ella”. Actualmente es investigador del Instituto de ciencias sociales y humanidades, de la BUAP. 

(Aquí, una entrevista que tuvimos con Aldo Rosales para nuestro canal de podcasts ‘La Tribu’). 

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